Judith Butler :: “un populismo de izquierdas debe conducir a una democracia radical.”

USA socialista

Por   Publicado en liberation.fr el 20 de enero de 2017

La filósofa americana conocida por sus trabajos sobre cuestiones de género estima que el nuevo presidente, Donald Trump, no está en ningún caso legitimado para representar al pueblo. Llama a las personas a organizarse para defender el derecho a una vida “digna de ser vivida” por cada uno.

Lo que parecía aún irreal para un número considerable de intelectuales de izquierda americanos ha sucedido: desde el viernes, Donald Trump es el 45º presidente de los Estados Unidos. Por azar editorial, el último libro traducido en francés de la filósofa norteamericana Judith Butler ha salido en el mismo momento en el que Trump ganaba las elecciones. Como si estuviera dirigido a un candidato que ha hecho campaña sobre la división y la exclusión, el título del libro de una de las más grandes teóricas de género, la profesora en Berkeley, es una forma de resistencia. Organizarsedescribe un mundo donde la fuerza de los cuerpos que se manifiestan en una plaza en Egipto, en Francia o en los Estados Unidos, sale de la invisibilidad en todos aquellos lugares donde los derechos fundamentales (alimentación, techo, libertad de movimiento, protección contra la violencia) no se respetan. Garantizar una “vida digna de ser vivida” debe ser uno de los objetivos de la democracia, afirma Judith Butler, que llama a la fundación de un “nuevo socialismo” en versión americana.

Pregunta (P): ¿Cómo han llegado los Estados Unidos a esto?

Respuesta (R): La elección de Trump es la consecuencia de múltiples causas. Y, en general, no hay que contentarse nunca con explicaciones unívocas. Si decimos que son los hombres blancos desfavorecidos económicamente quienes han votado por Trump, y  nos centramos en las causas de su marginalización económica, olvidamos que el racismo existe en los Estados Unidos desde hace mucho tiempo, y que lo que podríamos calificar de “ira económica” se ha conjugado al odio racial para conducirnos a esta situación. La misoginia no se queda atrás, como tampoco el destino simbólico de la masculinidad.  El miedo al  “terrorismo” y el deseo de “seguridad” están igualmente presentes en Estados Unidos, como en la mayor parte de los países de Europa, y éstos siembran las bases del fascismo: en el delirio utopista que le ha llevado al poder, Trump creará empleos, restablecerá la seguridad, rehabilitará la masculinidad, subordinará a las mujeres y contagiará su blancura a América. Pero no olvidemos que no ha recibido más que el 23% del voto popular. No está en ningún caso legitimado para representar al pueblo. Una minoría odiosa ha accedido al poder y está provocando hoy una crisis democrática.

P: ¿Han organizado los intelectuales americanos, especialmente en las universidades, una resistencia a Trump? ¿Ha participado usted de esto?

R: Tratamos de construir un “movimiento santuario” en las universidades y demandamos urgentemente a las autoridades locales y estatales que se negasen a acatar si daban órdenes de expulsión para las personas sin papeles. Debemos movilizar inmediatamente el apoyo de esos millones de personas sin papeles que viven en los Estados Unidos y que se arriesgan a ser expulsados. Tenemos mucho que hacer durante mucho tiempo, vista la magnitud de la tarea. Podemos preguntarnos también si no es hora de que  aparezca un tercer partido en los Estados Unidos, un partido que se organice fundamentalmente sobre la clase y los orígenes étnicos, y que encarne los ideales de una socialdemocracia que no esté regida por los valores neoliberales. Esto bien podría ser un nuevo socialismo. Al final, si tenemos un nuevo fascismo en Estados Unidos, podríamos también ver emerger, tras la campaña de Sanders, un nuevo socialismo fundado sobre un principio de democracia radical.

P: Los populismos se explican con frecuencia bajo el prisma identitario y cultural: el miedo a dejar de ser uno mismo, el miedo al otro. ¿Es una cuestión cultural o social?

R: Al reflexionar sobre el trumpismo, el problema no es tanto el de la identidad como el de la economía, la herencia persistente del racismo, el desencadenante contra las élites culturales, la vertiginosa brecha entre los que tienen estudios y los demás. Trump ha liberado rencores, odios que se incubaban desde hace tiempo. Si es un populismo de derechas, es un populismo que parece conducir al fascismo. En mi opinión, un populismo de izquierdas debe conducir a una democracia radical. De hecho, el término “populismo” reviste un significado muy diferente en Francia y que no es compartido por todos. Entiendo que, para la mayoría de la gente, es un término peyorativo. Se percibe como la expresión política de una ola de sentimientos irracionales. Yo no creo que se considere así en Argentina por ejemplo,  donde encarna más bien una manera de expresar la voluntad del pueblo.

La mayor parte de los teóricos de la democracia convienen en que la “voluntad popular” es una cuestión compleja, pero las descripciones más inteligentes del populismo, como las que propone Ernesto Laclau, buscan comprender cómo las facciones, las identidades y los intereses particulares diversos pueden entrelazarse unos con otros sin perder su especificidad.

Para Laclau este esfuerzo de articulación, de vinculación entre diversas identidades, es el objetivo del populismo. No se trata de una convergencia fascista hacia una “voluntad única”, ni la emergencia de un líder carismático que parece unificar al pueblo. Por supuesto, existe un populismo de derechas y un populismo de izquierdas, y el populismo en sí mismo no constituye una postura política completa. Las solidaridades a las que se puede llegar mediante diferentes modos de comunicación y de movilización deben producir una mayoría de izquierda susceptible de elegir un gobierno que busque asentar la democracia tanto en su forma como en su contenido.

P: Precisamente esos vínculos se hacen visibles en organizaciones del tipo Occupy o de Nuit debout en Francia. ¿Por qué es tan importante políticamente que los sujetos se organicen?

R: La libertad de asociación supone que los individuos puedan desplazarse, reunirse y reivindicar conjuntamente cualquier cosa en un espacio público que autoriza su movimiento, visibilidad y escucha. Muchos de los que se manifiestan contra la austeridad aparecen públicamente como grupos afectados por una política económica catastrófica. Cuando la gente se organiza para oponerse a las expulsiones, o cuando reclaman atención sanitaria, o el derecho de transitar de un país a otro, llaman la atención del público sobre las necesidades igualmente esenciales de tener un techo, acceder a la sanidad o tener libertad de movimiento.

Los movimientos sociales se organizan para reaccionar conjuntamente- no como una unidad perfecta, por supuesto- pero sobre todo, para denunciar claramente la organización actual de la sociedad que priva a la gente de vivienda, de alimentos y de cuidados, en definitiva, de la posibilidad misma de desarrollar una vida digna de ser vivida. Por eso las medidas tomadas por el Estado para restringir las manifestaciones y las movilizaciones son muy peligrosas. Cualquier país que se pretenda democrático debe preservar la libertad de asociación. Por ejemplo, Francia no debe normalizar el estado de sitio. Si la suspensión de las libertades fundamentales se normaliza como “necesaria” entonces, la esencia misma de la democracia desaparece.

En un contexto de neoliberalismo, pero también de refuerzo de la obsesión por la seguridad y de aumento de la xenofobia, los derechos fundamentales – alimentos, techo, libertad de movimiento, protección contra la violencia- se dejarán de garantizar para un número elevado de personas, ya estén éstas en situación de regularidad o no. Los movimientos sociales de izquierdas que se constituyen en forma de organizaciones, tienen a menudo, aunque no siempre, aspiraciones políticas: libertad de expresión, de asociación y de reunión, pero también derecho a vivir sin temor, a beneficiarse de condiciones sociales esenciales, y a un marco democrático para vivir.

P: Garantizar una vida digna de ser vivida a cada persona, sería uno de los fundamentos de la democracia..

R: Muchos de nosotros vivimos ya una vida desacreditada, y encontramos una indignación legítima y alentadora en todos este “descrédito”. Se trata de traducir la indignación en la esfera política, en una amplia llamada a la democracia inclusiva e igualitaria. Cuando no hay democracia para los desacreditados, la violencia y la venganza se transforman en solución. En mi opinión, no podemos vivir una vida digna si no comenzamos por establecer condiciones de posibilidad comunes. Para mí, un compromiso democrático elemental debe perseguir este objetivo.

P: El ser humano no se sostiene en pie por más tiempo, proclama usted..

R: En mi barrio, hay muchas personas sin hogar. Son acreedores de servicios públicos que no cesan de ver sus inversiones disminuir. Son acreedores de instituciones, como todos nosotros. Cuando perdemos las condiciones infraestructurales elementales que necesitamos para sobrevivir y subsistir, nuestra vida está en peligro, nos desmoronamos. Si una sociedad está organizada de manera que deja a la gente morir en lugar de proporcionarles servicios sociales elementales, podemos afirmar que algo va terriblemente mal en esa sociedad. Podemos invocar la expresión “sortear el cedazo”, invirtiéndola, para ilustrar esto. En cierto sentido, la dependencia es universal: los cuerpos en general tienen necesidades que deben ser satisfechas para que puedan continuar con vida. Pero también es político: mientras las sociedades no se comprometan a proporcionar condiciones de posibilidad de vida, estarán aceptando implícitamente que algunos no vivirán, o si logran igualmente vivir, será en condiciones que no son soportables y no deberían ser aceptadas.

(traducción de Jesús Gil y Marta Sanchiz)

marzo 15, 2017