Ricardo Mazzola: “Socialismo y populismo, los comienzos de una relación conflictiva. La mirada del socialismo argentino sobre la Unión Cívica Radical (1890-1930)”

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por: Ricardo Mazzola

Socialismo y populismo, los comienzos de una relación conflictiva. La mirada del socialismo argentino sobre  la Unión Cívica Radical (1890-1930)

Resumen

La relación entre socialismo y populismo ha sido una cuestión recurrente en la historiografía y las ciencias sociales latinoamericanas. En el caso argentino, el vínculo entre socialismo y peronismo ha sido frecuentemente analizado; en cambio, son escasos los trabajos que abordan la relación con el otro gran movimiento populista: el radicalismo yrigoyenista. En este artículo nos proponemos reconstruir el modo en que los socialistas interpretaron a dicha fuerza. Para ello nos detendremos en cuatro momentos clave: los primeros años ‘90, el cambio de siglo, el período que siguió a la llegada de Yrigoyen al gobierno y el final de la década del ‘20. El trabajo concluye planteando el contraste entre las complejas y cambiantes caracterizaciones socialistas del yrigoyenismo y la más simplista y estática interpretación que, años después, los socialistas trazarían acerca del peronismo. 

Palabras clave

socialismo –populismo- yrigoyenismo- radicalismo

Introducción

La relación entre socialismo y populismo ha sido una cuestión recurrente en la historiografía y las ciencias sociales latinoamericanas. El problema, que reaparece hoy al abordar los procesos políticos en curso –especialmente en Venezuela y Bolivia- no ha dejado tampoco de ocupar a los propios políticos e intelectuales latinoamericanos. Si en el conjunto de la región el ejemplo paradigmático está dado por la polémica entre los peruanos Victor Raúl Haya de la Torre y José Carlos Mariátegui,[1] en la Argentina los análisis suelen remitir al vínculo entre izquierda y peronismo.

Brevemente, podemos señalar que a partir de fines de los años 50’ grupos de la “nueva izquierda”, principalmente provenientes de la juventud de clase media, comenzaron a revisar su anterior oposición al movimiento peronista. El resultado fue un proceso de debate que llevó a muchos jóvenes a postular al peronismo como un antecedente necesario del socialismo. Ese rico debate –cuyo punto culminante puede ser encontrado en los planteos de Ernesto Laclau y en la respuesta que a ellos dieran Juan Carlos Portantiero y Emilio De Ípola-[2] ha suscitado no solo una miríada de obras de tipo periodístico y testimonial sino una profusa atención académica.[3]

Pero la pregunta acerca de la relación entre el socialismo y los movimientos nacional-populares no se inicia en la Argentina con el peronismo sino con el movimiento populista que lo antecede: el radicalismo yrigoyenista.[4] En este artículo nos proponemos abordar ese primero y menos estudiado momento de la relación entre tradición socialista y populismo. Señalaremos que, ya desde fines del siglo XIX, el movimiento socialista se enfrentó al problema de si ese tipo de movimiento podía considerarse como un antecedente necesario, o al menos progresivo, para la propia acción. Con el fin de pasar revista a las cambiantes respuestas que se dieron a esta cuestión nos detendremos en algunas estaciones decisivas de la historia del socialismo argentino. En primer lugar, presentaremos las posiciones de los primeros grupos socialistas, reunidos en torno al periódico El Obrero. A continuación analizaremos la mirada del principal líder y referente doctrinario del Partido Socialista, Juan B. Justo. En tercer lugar, señalaremos las inflexiones que sufrió la mirada socialista al enfrentarse a la primera experiencia de gobierno radical después de 1916. Finalmente, presentaremos la mirada de los socialistas en el polarizado contexto de fines de la década del ‘20.

1- La mirada de los primeros socialistas: radicalismo y pequeña burguesía

Si bien los primeros usos del término “socialista” se remontan en la Argentina a la Generación del 37’ –siendo el más celebre el “Dogma Socialista” de Esteban Echeverría-, fue sólo a fines de la década de 1880 que, al calor de los enfrentamientos generados por la crisis económica y política, se fundó la primera organización que se proponía reunir a los socialistas del país. La iniciativa nació como consecuencia del llamado que el “Congreso Socialista Internacional”, reunido en Paris en julio de 1889, hizo a los socialistas del mundo para que realizaran actos el 1° de mayo en reclamo de la jornada laboral de 8 horas. En mayo de 1890, y una vez realizado el acto, los convocantes mantuvieron sus contactos y fundaron la primera organización que se proponía reunir a los trabajadores del país, la Federación Obrera, entidad que, a fines de 1890, comenzó a publicar El Obrero, periódico que llevaría adelante el primer esfuerzo por caracterizar la realidad argentina desde posiciones marxistas.

El artículo, casi un manifiesto, que abría el primer número del periódico, estaba planteado en clave economicista, y buscaba dar cuenta del conflicto que enfrentaba al capital extranjero que, en pos de nuevos mercados, estaría llevando la obra civilizatoria de implantar “en el orden social las instituciones del liberalismo democrático burgués,” con la “oligarquía del caudillismo” representada por el gobernante Partido Autonomista Nacional (PAN). Para ese combate modernizador, se explicaba, los capitales extranjeros contaban con el apoyo de la Unión Cívica, fuerza que levantaba “la bandera del régimen puro de la sociedad burguesa”. La llamada Revolución del ´90, era vista como “la revolución de la burguesía argentina por excelencia”, y en ella era la pequeña burguesía, representada por los “cívicos”, quien ponía “las manos y la sangre”. Lo que la motivaba, se explicaba, era la situación económica, y no banderas abstractas como la democracia, la libertad y la justicia; era dicha situación la que la había llevado a sublevarse y a crear “a su campeón”, una fuerza como la Unión Cívica, a la que había cubierto con velos ideales. De todos modos, la caracterización no era del todo negativa: la Unión Cívica no habría de realizar “la” justicia social o “la” revolución social que decía perseguir, pero “su” revolución favorecería el establecimiento del imperio del capital y del “régimen puro de la sociedad burguesa”, condición necesaria para el futuro triunfo proletario.

Considerando estas posiciones iniciales con respecto a la Unión Cívica, diferentes trabajos han contrastado la interpretación, positiva, del grupo de El Obrero con el rechazo que respecto a esta fuerza manifestará luego el Partido Socialista (PS). Estas intervenciones, orientadas a polemizar con la línea predominante en el PS a la que calificaban de “reformista” -contraponiendo a su rechazo del “radicalismo” una más clara comprensión de la importancia de esta fuerza por parte de los primeros marxistas agrupados en El Obrero-, tendían a exagerar la “simpatía” con que se miraba a la Unión Cívica, y luego a su desprendimiento “radical”. Como veremos, las posiciones son más cambiantes, y aun en los momentos de mirada positiva, la “simpatía” es condicional.

De hecho, la inicial interpretación favorable a la Unión Cívica fue abandonada ya a principios de          1891, al hacerse pública la postulación de Bartolomé Mitre como su candidato para las elecciones presidenciales de 1892. La pequeña burguesía, se lamentaba El Obrero, no había cumplido el papel de destruir al caudillaje. Así se había transformado en una “conspiración de gran hacendados, encabezados por mitristas”. La Unión Cívica había defraudado la expectativa de realizar la revolución burguesa pasando a representar a los terratenientes

Sin embargo, subsistía una –débil- esperanza: que la agrupación retomara el papel transformador postulado por la prognosis socialista: “Lo único que a la Unión Cívica le queda de hacer para restablecer su prestigio es ir derecho a la revolución, acabar con el caudillaje en todas las provincias, y luego instalar un régimen democrático verdadero. Pero entonces ni Mitre ni Irigoyen subirán al mando”.[5]

Esas expectativas parecieron cumplirse cuando en mayo de 1891 comenzó a hablarse de la posibilidad de una escisión del ala “radical” de la Unión Cívica. Así, un artículo de El Obrero analizaba la “interna” de los “cívicos” y contraponía la figura de Mitre –asociado con la clase de los hacendados highlife– con las de Leandro N. Alem y Aristóbulo Del Valle –quienes, se afirmaba, eran empujados “por sus clientes, la pequeña burguesía, a quienes la crisis va llevando sus capitalitos y el hambre corriendo sobre los talones”, a oponerse a “los ladrones”[6]-. Esta línea era acentuada en el número siguiente del periódico, donde se comentaba un manifiesto de Alem que declaraba “que en ningún caso aceptará proposiciones que habiliten a los representantes del oficialismo para continuar en punto alguno de la república ‘el funesto régimen que hemos combatido y seguiremos combatiendo’”; ante ello, la posición de El Obrero era elogiosa, se aplaudía el proceder de Alem y se caracterizaba a la naciente Unión Cívica Radical (UCR) como un “partido democrático” que, por serlo, “no puede pactar con Roca ni tampoco con Mitre”.[7]

A mediados de julio, el diario socialista mostraba su satisfacción por la división de la Unión Cívica y el surgimiento de la UCR: “Se separaron en fin definitivamente de la Unión Cívica los sostenedores y clientes de la clase de los grandes hacendados y del caudillaje, bajo la bandera de Mitre-Roca.” La esperada escisión, se auguraba, brindaría mayor transparencia al escenario político, y permitiría la manifestación del componente democrático, la pequeña burguesía encarnada por Alem, respecto del dominio de los hacendados. El temor era que la pequeña burguesía no aprendiera del engaño al que había sido sometida, y el artículo concluía preguntándose: “O hallará otro traidor como Mitre otra vez?”.[8] Al poco tiempo las dudas se corporizarían en la figura de Bernardo de Irigoyen, a quien la UCR había designado como candidato presidencial.

Durante la segunda mitad de 1891 en el discurso de El Obrero convivieron la valoración positiva del “radicalismo” como vehículo de las tendencias históricas que lo hacían un partido poderoso y orgánico, con las dudas con respecto a su liderazgo -contraponiéndose una visión positiva de Alem con una negativa de Bernardo de Irigoyen-, y con la denuncia de la falta de un verdadero programa radical. Sin embargo a fines de 1891 la argumentación de El Obrero sufrió una importante inflexión, relacionada menos con el contexto político nacional que con las posiciones del movimiento socialista internacional, en particular de la socialdemocracia alemana.

En octubre de 1891 el Congreso del Partido Socialdemócrata Alemán,  reunido en la ciudad de Erfurt aprobó un nuevo programa partidario.[9] El programa fue rápidamente publicado en El Obrero,[10] al tiempo que sus definiciones eran retomadas en varios artículos que, confiando en la cercanía de la revolución socialista, cuestionaban la importancia de las interpelaciones populares y democráticas, a la vez que acentuaban la distancia entre el proletariado y el resto de las fuerzas sociales.

Un ejemplo lo encontramos en el artículo que, luego de declarar la “simpatía” que merecía la constitución de un “Partido Reformista”, se concentraba en criticar lo limitado del programa de la nueva fuerza. Se contrastaba su  limitada perspectiva “nacionalista” con la amplia mirada de los socialistas quienes, se subrayaba, fundaban sus esperanzas “en el giro que tomarán las cuestiones económicas y políticas en Alemania, Francia e Inglaterra. Allí se halla el centro del mundo civilizado, y es allí donde se juega la suerte de la humanidad entera”. Los procesos que en esos países se desarrollaban, se explicaba, hacían que la “gran cuestión” que ocupaba a la humanidad ya no fuera la “cuestión democrática” sino la “cuestión social”. La pequeña burguesía, que se preocupaba por la cuestión democrática, llegaba tarde, ya que: “antes que el partido reformista haya logrado constituirse en partido fuerte y poderoso, la revolución social en Europa habrá barrido a la burguesía capitalista de la faz de la tierra, con todas sus miserias, y sus democráticas hipocresías, también a la burguesía argentina, a la gran capitalista como a la de los compadritos”. [11]

El texto citado deja ver un importante cambio con respecto al etapismo preponderante en los primeros artículos: la inminencia de la revolución socialista en Europa tornaba anacrónica la realización de la revolución burguesa que resolviera la cuestión democrática. Los desajustes temporales del modo de producción capitalista permitían pensar en una revolución socialista que no pasara por la etapa de la “democracia burguesa pura”, con lo cual la importancia de la pequeña burguesía, y su principal representante, la UCR, se desdibujaba.[12]

2- La interpretación de Juan B. Justo: La UCR como parte de la política criolla

La Federación Obrera se disolvió a fines de 1892, poco tiempo después El Obrero dejó de publicarse, y aunque algunos de sus miembros intentaron reeditarlo, otros fundaron un nuevo periódico denominado El Socialista. En abril de 1894 miembros de uno y otro grupo se reunieron para editar La Vanguardia. El editor de este nuevo órgano de prensa no era uno de esos viejos militantes, sino Juan B. Justo, un joven cirujano que estaba haciendo sus primeras armas políticas en las filas socialistas.

En los años que siguieron La Vanguardia se transformó en el principal articulador de los esfuerzos orientados a la creación de un PS, que se concretaría en el Congreso “fundacional” de 1896. En esa ocasión las posiciones de Justo fueron derrotadas y sólo en el segundo Congreso, reunido en 1898, pudo el líder socialista imponer su perspectiva, orientada a la práctica reformista y abierta a las alianzas con otras fuerzas políticas. Sin embargo, como lamentaría Justo años después, el PS nunca lograría avanzar en acuerdos políticos. Consideramos que uno de los elementos que explica ese aislamiento del PS fue la propia concepción del líder socialista acerca de las alianzas, una interpretación que aunque esbozada ya en la década del ‘90, alcanzó su formulación teórica acabada en la polémica que sostuvo con el  socialista italiano Enrico Ferri.[13]

En su visita a la Argentina en 1908, el  célebre criminólogo italiano declaró que el PS no surgía de la realidad local sino que era importado de Europa por los inmigrantes. Argumentó que, por existir en la Argentina “tierras públicas” por individualizar, el país se encontraba en la “fase agropecuaria” y no en la industrialista, a lo que agregó que el proletariado era “un producto de la máquina a vapor y sólo con el proletariado nace el Partido Socialista, que es la fase evolutiva del primitivo Partido Obrero”.[14] No existiendo industria, explicaba Ferri, no podía existir proletariado, y sin éste no podía haber un partido socialista. El que aquí se tenía por tal, sostuvo ante la indignación de la mayor parte de los oyentes, era un “partido obrero” en su programa económico y un “partido radical” en su programa político, ya que los radicales no cumplían esa función.

Justo, presente en la conferencia, tomó la palabra. A los planteos de Ferri, contrapuso los argumentos de Marx acerca de la “teoría moderna de la colonización”, explicando que el proletariado no era “producto de la máquina de vapor”, sino que ya se había desarrollado en Europa desde antes de la invención de dicha máquina como resultado de la disolución de la sociedad feudal, del desalojo de los campesinos y de la usurpación de tierras comunales. Siendo el capital una relación social y no dinero o medios técnicos, argumentaba Justo, había surgido el problema de cómo crear en territorios despoblados la clase de trabajadores asalariados necesaria para la explotación capitalista. Tal problema, explicaba, se había resuelto con la implantación de la colonización capitalista sistemática a la que describía siguiendo el texto de “El Capital”:

“Consiste en impedir a los trabajadores el acceso inmediato a las tierras libres, declarándolas de propiedad del estado, y asignándoles un precio bastante alto para que los trabajadores no puedan desde luego pagarlo. Necesita entonces el productor manual trabajar como asalariado, por lo menos el tiempo preciso para ahorrar el precio arbitrariamente fijado a la tierra, especie de rescate que paga para redimirse de su situación de proletario. Y con el dinero así obtenido, el estado se encarga de buscarle reemplazante, fomentando la inmigración, el arribo de nuevos brazos serviles.”[15]

 

Justo sostenía que era en base a esta “acaparación monopólica” de la tierra, que había surgido en la Argentina una clase proletaria, la que trabajaba “en la producción agropecuaria, (…) en (las) vías férreas; en el movimiento de carga de los puertos, (…) en la construcción de las nacientes ciudades; en los frigoríficos, en las bodegas, en los talleres, en las fábricas…”.[16]

Pero el líder socialista no sólo discutió con Ferri acerca de la existencia o no del proletariado en  Argentina sino que -lo que ha sido menos abordado por quienes analizaron la polémica-, cuestionó también otro de los elementos centrales de la argumentación del italiano: la “distinción trivial” entre partido obrero y partido socialista. Justo recordó que tal distinción era opuesta a lo planteado por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista, donde se subrayaba que los comunistas no formaban un partido distinto de los demás partidos obreros y se planteaba que las posiciones de éstos debían adaptarse a la situación de cada país. El médico argentino apelaba a Marx para sostener que no todos los países debían recorrer las mismas etapas y para afirmar que, así como en la Argentina no se había producido una extrema subdivisión de la tierra, también era “infinitamente improbable que en nuestra evolución política no haya lugar para el partido radical a la franco-italiana que nos receta el señor Ferri”.[17] Justo creía que, lejos de lamentarse por la falta de un partido radical a la europea o de intentar convertirse en tal, el socialismo debía “llevar a su madurez de juicio a los radicales doctrinarios que haya en el país; hagámosles sentir y comprender que su puesto está en nuestras filas”.[18] Era el PS el que, dada la inexistencia de fuerzas políticas orgánicas, debía tomar a su cargo las tareas democratizadoras del inexistente reformismo pequeño burgués y campesino, y dedicar su esfuerzo a enrolar a los trabajadores del campo en la lucha por modificar la estructura agraria y acelerar la evolución técnico-económica del país.

La argumentación de Justo, que asignaba al PS tanto las tareas de un partido radical como las de una fuerza propiamente socialista, no sólo permitía continuar con la práctica reformista sin por eso dejar de lado la identificación socialista y la prédica revolucionaria, sino que reafirmaba y brindaba sostén teórico a la situación de “orgullosa soledad” en la que el PS se encerraba frente a las voces que postulaban la posibilidad de una alianza reformista con radicales y cívicos. Es que, de acuerdo con su planteo, el acercamiento con estas otras fuerzas era innecesario ya que, aunque la transformación democrática suponía una alianza social, tal alianza no implicaba un vínculo entre distintos partidos políticos, sino que podía darse en el seno del mismo PS.

Sin embargo, la postura de Justo en su discusión con Ferri no se asentaba sólo ni principalmente en la justificación de una opción política coyuntural, sino que se sostenía en un modo particular de interpretar la relación entre fuerzas sociales y actores políticos, una interpretación que sería uno de los factores que contribuirían a ahondar el foso que separaba a socialistas y radicales. Justo ponderaba la rápida transformación que desde mediados del siglo XIX estaban experimentando la economía y la sociedad argentinas, a la vez que lamentaba que los cambios tardaran en expresarse a nivel político. Sin embargo, la conciencia de esa asincronía no llevó al líder socialista a asignar autonomía al nivel de lo político, sino más bien lo contrario. Justo confiaba en que la dinámica histórica acabaría con los desfasajes y pondría al mundo político, aún dominado por las “banderías criollas”, al nivel de la modernidad económica y social.

De hecho la subestimación de la importancia del componente político estatal no era un rasgo singular de Justo sino que, como plantea Aricó[19], constituía el principal obstáculo que el marxismo, y en primer lugar el propio Marx, debió enfrentar para interpretar los procesos históricos latinoamericanos. Pero en el caso de Justo, a la ceguera doctrinaria contribuía también una apuesta política: como señala Portantiero,[20] el proyecto de democratización social y política propuesto por el líder socialista debía enfrentar el obstáculo de la “construcción desde arriba” de la sociedad que caracterizaba a la Argentina y al resto de los países latinoamericanos. Para superar tal obstáculo, Justo habría intentado desarrollar un verdadero espíritu antiestatalista, condición necesaria para avanzar en la imposición de reformas “desde abajo”, y para ello apeló a una tarea pedagógica orientada a desbaratar el “mito popular” que veía al Estado como constituyente, mito que se expresaba en la tradición del caudillismo.

Y para el líder socialista, el “radicalismo criollo” representaba la quintaesencia de la confianza autoritaria e ingenua en la eficacia “mágica” de la autoridad política. Por ello, a comienzos de los años ‘20, y para cuestionar el “fanatismo autoritario” que creía encontrar  entre los partidarios de la Revolución Rusa, su punto de partida eran los recuerdos de la revolución de 1890:

“Después de aquella revuelta (…)  las cosas siguieron como antes (…) Aquella lucha mentida y estéril de facciones colmó la medida de mi desdén por la política criolla y fue entonces que por primera vez me acerqué a un pequeño grupo de obreros organizados como Agrupación Socialista (…) la lectura de Spencer me había dado algunas ideas, que ya eran un paso para orientarme en el desbarajuste político del país (…)El teorema spenceriano de la evolución del tipo primitivo militar a un tipo industrial definitivo, fue uno de los motivos ideológicos de mi adhesión al socialismo. Spencer también me iluminó haciéndome ver lo relativo y lo imperfecto de la función del Estado, lo muy poco que puede la ley, curándome así de todo fetichismo político, de toda superstición por el poder de los hombres que hacen leyes y decretos.” [21]

 

Por detrás de la argumentación se hallaba el supuesto evolucionista que relacionaba el avance de la democracia con la expansión del capitalismo moderno que disolvería formas políticas caducas. Creyendo que los interlocutores del socialismo serían las clases propietarias, una vez modernizadas y articuladas en un partido orgánico, Justo no reconocía un lugar legítimo para radicales y anarquistas, a quienes asociaba con las condiciones de atraso del país, viéndolos simplemente como “sobrevivencias culturales de un pasado destinado inexorablemente a desaparecer”.[22] El planteo, que postulaba una traducción transparente entre las posiciones de la estructura social y el sistema político, impedía valorar la importancia que distintas tradiciones políticas tenían en la formación de la identidad de los sectores populares. La estigmatización de estas tradiciones imposibilitó la constitución de un discurso capaz de articular motivos y símbolos de importancia en la identidad popular, instalándose una “concepción pedagógica de la política”[23] que tendría marcada permanencia en las prácticas y en la definición de la identidad de la izquierda argentina, ampliando su distancia respecto a otros actores sociales y políticos.

La aprobación de la “Ley Sáenz Peña”, que llevó al radicalismo al gobierno nacional y que aumentó la importancia del PS, no hizo más que acentuar el ya duro enfrentamiento.

 

3- Yrigoyen en el poder: “un gobierno de fuerza y misericordia”. 

El 12 de octubre de 1916, Hipólito Yrigoyen asumió la Presidencia de la Nación en un acto multitudinario y fuera del protocolo: los seguidores que acompañaban el desfile desengancharon los caballos y tiraron ellos mismos de la carroza presidencial. Los socialistas, exacerbando su tradicional racionalismo, relacionaron esta acción con la “barbarie” caudillista del siglo XIX. Al día siguiente, La Vanguardia publicó en primera página fragmentos del “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento.

Sin embargo, durante los primeros días del nuevo gobierno, el diario socialista no planteó una  caracterización negativa sino que, además de burlarse de la indignación con que las figuras del “viejo régimen” observaban el acceso de “la indiada” a la Casa de Gobierno,[24] reconoció las expectativas que generaba el nuevo gobierno, aunque sin dejar de señalar, con cierta malicia, que éstas eran acentuadas por la falta de definiciones programáticas de la fuerza que las sostenía.[25]

Las especulaciones acerca de lo que traería la nueva gestión, pronto dieron paso a la evaluación de su acción frente a los primeros conflictos obreros. A menos de dos meses de la asunción de Yrigoyen, los trabajadores de las empresas navieras de cabotaje se declararon en huelga y solicitaron que el gobierno permaneciera “neutral frente al conflicto”.[26] En los primeros días los socialistas manifestaron dudas acerca de que los radicales respondieran a ese pedido de neutralidad. El 4 de diciembre La Vanguardia señalaba la complicidad que el gobierno mantenía con los armadores proveyéndoles con “marinos profesionales y  conscriptos que la ley militar no destina a rompehuelgas” subrayando el doble discurso radical: por un lado, se aseguraba la prescindencia y el deseo de “interceder en el conflicto como árbitro amistoso”, por el otro, se pronunciaba como “aliado de los armadores y les acuerda el apoyo más valioso en las circunstancias presentes”. El conflicto puntual permitía sacar una consecuencia más general: el radical sería “un gobierno prácticamente hostil a la clase trabajadora”.[27] Esta caracterización se dirigía a “la organización obrera”, a la que instaba a prepararse para  “la defensa de sus intereses contra el nuevo enemigo”.  

La huelga naval se desenvolvió con éxito. Finalmente los patrones debieron aceptar el arbitraje gubernamental. Los socialistas, aunque cuestionaban la figura elegida para llevar adelante la tarea, la del Jefe de Policía, rescataron la adopción del “procedimiento moderno y eficaz por excelencia”. La conclusión era de una vigilante expectativa aguardando que el árbitro no defraudara los intereses de los trabajadores y demostrara que “algunos funcionarios pueden ser imparciales, por más cerca que se hallen de la clase sustentadora del poder público”. Finalmente, el procedimiento fue favorable a los obreros que obtuvieron sus principales demandas.

En esos días los socialistas se mostraban favorables a otras iniciativas del flamante gobierno. El decreto presidencial fijando el cierre de los almacenes y despachos de vino los días domingo fue saludado por el diario socialista como “la disposición de carácter social más importante que se registra en los últimos tiempos”.[28] La decisión de Yrigoyen de conmutar la pena capital al “descuartizador Ernst” fue “aplaudida sin reservas” y defendida ante las críticas de buena parte de la prensa.[29] Estas medidas, junto a la posición ante las huelgas, llevarían a un juicio general acerca de “las características del gobierno radical”. Éste era, argumentaba La Vanguardia, “un gobierno de fuerza y de misericordia, en que la magnanimidad y el buen corazón de los altos funcionarios componentes hacen ‘pendant’ con su intolerancia y su fuerza.”[30]

Estas características, señalaba el diario socialista, explicaban la confusión del pueblo “obligado a fluctuar entre movimientos de admiración y alarmante perplejidad”. Rescataban a un gobierno y unos ministros que donaban “caritativamente” sus ingresos mostrando que estaban poseídos de sentimientos respetables, rescataban asimismo la sencillez de un presidente y unos ministros que vestían de simple saco, así como la “magnanimidad” del acto de evitar un fusilamiento. Pero era un elogio ambiguo, ya que se subrayaba que estos cambios “de forma”- ya que en cuanto al fondo, se señalaba, los radicales no aportaban ninguna novedad- parecían conformar aún al “pueblo ingenuo” que sólo les planteaba objeciones que también tenían que ver con las formas. Tal era el caso de las dudas que surgían cuando los proclamados “defensores de la constitución” apelaban a expedientes no contemplados en ella para cumplir sus “fines regeneradores”. El diario socialista se apuraba en aclarar que los socialistas no compartían la indignación del “pueblo ingenuo” ya que ellos no creían en la bondad de las constituciones ni en leyes eternas. Sin embargo –en un planteo que anticipaba las posteriores críticas del socialismo a las intervenciones provinciales y a las prácticas parlamentarias radicales-  agregaba:

“preferiríamos ver a los gobernantes radicales dispuestos valientemente, francamente a reformar lo que de reaccionario e inconveniente para los intereses del país hay en aquellas cartas orgánicas y disposiciones legales a comprobar que con subterfugios y arbitrariedades las viola o las desvirtúa. Porque esos procedimientos, si pueden resultar deseables en el caso del reo Ernst…podrían emplearse en ahogar verdaderos derechos democráticos, verdaderos derechos humanos…”[31]

 

La incomodidad ante un gobierno que en ocasiones cumplía con las aspiraciones obreras, y en otras las contrariaba, se manifestaba en el augurio, casi una expresión de deseos, de un cercano desenmascaramiento que pondría fin al “misterio del gobierno radical”. [32]

A mediados de 1917, una gran huelga ferroviaria haría aún mayor la perplejidad socialista ante el  yrigoyenismo. El conflicto se inició en el Ferrocarril Central Córdoba pero en poco tiempo derivó en preparativos de huelga en todos los ferrocarriles. Las empresas y buena parte de la prensa respondieron planteando la sospecha de que detrás del conflicto se encontraban “influencias ajenas a los gremios”, particularmente de intereses germanos interesados en dañar a las empresas británicas. Con el paso de los días el conflicto fue escalando y la Federación Obrera Ferroviaria (FOF) convocó a la huelga general ferroviaria, a la que se sumó “La Fraternidad”, entidad que reunía a los conductores de locomotoras. Por primera vez todas las especialidades ferroviarias tomaban parte en un conflicto. Por su parte, las organizaciones empresarias encabezadas por Joaquín de Anchorena, Presidente de la Sociedad Rural Argentina, amenazaban con lanzar un lock-out y se reunían con Yrigoyen para pedirle una acción más decidida frente a los huelguistas.

El gobierno radical se encontraba entre dos fuegos. Sin embargo, La Vanguardia interpretaba la inacción gubernamental como un procedimiento dilatorio que buscaba encubrir “detrás de las simpatías por los obreros, de que a veces hace gala, una política de culpable tolerancia hacia las empresas.”[33] Tres días más tarde el diario socialista subrayaba que mientras Yrigoyen manifestaba “su repugnancia por el empleo de los medios violentos contra el movimiento obrero”, el Ejército fusilaba a mansalva a huelguistas de los Ferrocarriles del Estado. Esto llevaba a juzgar que “los sentimientos de benevolencia y ecuanimidad de que se jacta el presidente, o no son muy firmes, o varían según las condiciones de lugar y tiempo.”[34]

En los primeros días de octubre, la Federación Obrera Marítima (FOM) se declaró en huelga en solidaridad con los ferroviarios. El gobierno endureció su posición y dictó un decreto reglamentando el trabajo ferroviario, medida que no contemplaba la jornada de ocho horas ni otros reclamos obreros. La FOF rechazó tal decreto y el gobierno respondió anunciando que haría circular los trenes con gente armada.  Sin embargo, las gestiones de Yrigoyen no se limitaron a lo represivo sino que incluyeron la propuesta de un nuevo reglamento de trabajo. La medida fue bien acogida por los trabajadores que el día 18 levantaron la huelga. Al concluir el conflicto La Vanguardia adoptó un tono institucionalista para cuestionar que Yrigoyen no hubiera usado su influencia para lograr que el Senado aprobara la reglamentación del trabajo pedida por los ferroviarios, prefiriendo, en cambio “reservarse para si sólo la gloria de solucionar el conflicto por sus propios medios, con su sabiduría y su influencia.”[35]

Un mes más tarde, un nuevo conflicto obrero volvió a ocupar el centro de atención: ante la huelga de los trabajadores de los frigoríficos el gobierno respondió con el envío de infantes de marina, lo que produjo duras represiones en Zárate y Berisso, Provincia de Buenos Aires. Los socialistas volvieron a caracterizar la ambigüedad radical como “doblez” recordando que en la huelga ferroviaria el gobierno oficiaba de amigo de los huelguistas en la Capital Federal y los fusilaba en el interior del país. Subrayaban también que mientras había mostrado una “conducta ejemplar” ante la “gran huelga marítima”, había apelado a los medios más “rastreros” para sofocar un paro de obreros municipales. La Vanguardia concluía que la ambigüedad radical no parecía resolverse en una línea esperanzadora sino amenazante al señalar que los hechos eran apenas “un indicio, poco tranquilizador, por cierto, de lo que podemos esperar del actual gobierno en materia de política obrera.”[36] 

Al profundizarse el conflicto se acentuaban los intentos socialistas por dar cuenta de la oscilante política de un gobierno que de la resistencia a las presiones, en el caso de los ferroviarios, pasaba a la violencia desbordante ante la huelga de los frigoríficos. La Vanguardia, en una interpretación que sería retomada por Rock[37]– explicaba la diferencia de conducta  por motivos electorales: “¿será que los ferroviarios forman un capital electoral que no puede desdeñarse, cuando todo se lo subordina a la necesidad del triunfo en la próxima campaña, lo que no sucede con los obreros de los frigoríficos, extranjeros en su gran mayoría?”[38]

El PS respondió a los sucesos organizando un mitin de protesta, que tuvo  lugar el 15 de diciembre en la Plaza del Congreso. En el acto, el joven líder socialista Antonio di Tomaso subrayó la “doblez” del gobierno radical que pretendía proteger a los obreros pero permitía que fueran fusilados, que recibía a los delegados ferroviarios y les reconocía el derecho que les asistía en la huelga, pero contemporizaba con las empresas ferroviarias permitiéndoles que prolongaran indefinidamente el conflicto. Al día siguiente La Vanguardia publicó un largo editorial que enjuiciaba duramente la política radical. Después de recordar que cuando el radicalismo había llegado al gobierno, los socialistas habían decidido adoptar una actitud de “benévola expectativa” el diario socialista lamentaba que en catorce meses de gobierno poco hubiera hecho Yrigoyen para corresponder las manifestaciones de simpatía y confianza popular que había recibido. Luego de cuestionar la política monetaria y fiscal del gobierno, concluía:

 “luego de habernos hecho concebir alguna esperanza lisonjera… el nuevo gobierno no ha hecho sino desdecirse y ha agotado toda la gama de contradicciones en su vano empeño de servir a un tiempo intereses en pugna, sin atinar con una solución medianamente acertada, para acabar, como digno remate de tantas incongruencias, fusilando a mansalva a los trabajadores.” [39]

La dura evaluación fue confirmada por la “Semana Trágica” de enero de 1919. A partir de ese momento los socialistas no dudaron en denunciar que, de los “dos rostros” con los que Yrigoyen respondía a la “cuestión social” -el represivo y el conciliatorio-, el primero era el verdadero, en tanto las medidas y el discurso “obrerista” eran mero maquillaje “electoralista”. Aunque no desaparecían del todo las caracterizaciones que postulaban al radicalismo como una fuerza intermedia, a la que debía instarse a desembarazarse de los “sectores reaccionarios” que la presionaban, cada vez se hacían más frecuentes los argumentos que igualaban al gobierno con organizaciones patronales como la Asociación Nacional del Trabajo y aún con organizaciones paramilitares como la Liga Patriótica Argentina.

4- Un difícil intento de autonomía en un contexto polarizado

En el apartado anterior señalamos que luego de un momento inicial de relativa expectativa, los socialistas adoptaron una postura de dura crítica al yrigoyenismo gobernante. Sin embargo, ello no implicó que el PS se alineara con los sectores que, primero desde la oposición y luego contando con la benevolencia del presidente Marcelo T. de Alvear, se unieron para enfrentar a Yrigoyen. El propio “espíritu de escisión”[40] que imperaba en las filas socialistas y la apuesta defensiva de su dirigencia, elementos que dificultaban la relación con el yrigoyenismo, bloquearon también todo posible acercamiento con las fuerzas que formaban la coalición antiyrigoyenista. Encolumnado tras una política de “autonomía” que rechazaba inclinarse por uno u otro sector –política que generó la ruptura de quienes, buscando acercarse a las fuerzas antiyrigoyenistas fundaron el Partido Socialista Independiente[41]– el PS enfrentó el escenario polarizado de fines de los ‘20.

A partir del regreso de Yrigoyen a la Presidencia de la Nación, en octubre de 1928, el PS planteó, con sus reducidas fuerzas, un doble enfrentamiento: con el gobierno, al que cuestionaba sus prácticas institucionales, y con el “contubernio conservador” del que participaban los “socialistas independientes”. El manifiesto con el que la Comisión Nacional Electoral preparaba las tareas  para los comicios parlamentarios de marzo de 1930, expresó tal intento de equidistancia. Con respecto al gobierno, afirmaba que daba vergüenza observar que la vida entera de la República dependía “del ‘hombre’ que ha sabido fomentar la peligrosa ilusión del gobierno providencial en la parte menos culta del pueblo argentino”. Las críticas no eran menores para quienes se oponían a Yrigoyen:

“(…) en unos casos simulan una profesión de fe democrática que en realidad no sienten, y en otros, con el pretexto de combatir a Yrigoyen, trabajan por la supresión del sufragio universal y de las pocas conquistas obtenidas por el pueblo. Finalmente, no faltan los partidos más o menos independientes, que practican un antiyrigoyenismo rabioso como único medio para pasar desapercibidos y con un mezquino propósito electoral.” [42]

El mapa trazado prefijaba el lugar que correspondía al PS, papel que de todos modos el diario socialista hacía explícito:

“(…) partidarios decididos de la democracia, por cuya consolidación trabajamos diariamente sin desfallecimientos, combatiremos por igual las extralimitaciones del gobierno prepotente como las oposiciones oportunistas de los reaccionarios que quieren quitar al pueblo el arma del voto. Por eso decimos sin jactancia, solos contra todos, en la defensa de los sagrados intereses populares y por la realización de nuestro programa (…)”.[43]

Días más tarde La Vanguardia apelaba a Justo, quien años antes había señalado que el PS era un partido de clase pero no de oposición, para distinguir entre un tipo de oposición sistemática, la que hacía el “contubernio conservador-antipersonalista-libertino”, y la propia “oposición constructiva”. El diario socialista se mostraba confiado en que los progresos de la civilización y de la cultura política, acabarían con “la auto-adjudicación de un mandato histórico, que es una locura o una patraña grotesca”, pero agregaba que también terminaría:“el espectáculo de partidos o entidades que se agotan en una oposición tan estéril como sistemática, o que aplican todas sus energías y recursos a trabar, demoler y hasta aniquilar la obra de sus adversarios, repudiando invariablemente toda colaboración aún en aquellos casos en que podría convenirles”.[44]

Los opositores esperaban que los comicios parlamentarios de marzo de 1930 asestaran un duro revés al yrigoyenismo. Sin embargo, y a pesar del resonante triunfo de los socialistas independientes en la Ciudad de Buenos Aires[45], los yrigoyenistas triunfaron en el interior del país y el bloque parlamentario oficialista se vio fortalecido. Conservadores y socialistas independientes pronto comenzarían a pensar en salidas políticas que no pasaban por el sufragio: por un lado, propondrían el “juicio político” a Yrigoyen; por otro, acentuarían sus vínculos con grupos del Ejército.

Aunque los socialistas no veían con malos ojos una solución “institucional” que dejara la presidencia en manos de otros miembros del radicalismo, cuestionaban las iniciativas de la coalición antiyrigoyenista. Así lo dejaba ver la declaración que, a fines de mayo, y tras una convocatoria extraordinaria, emitió la “Conferencia de delegados de las Federaciones Socialistas”. El texto adjudicaba al yrigoyenismo la principal responsabilidad por la crisis económica y política que vivía el país, pero volvía a rechazar cualquier acercamiento a las fuerzas “opositoras”: “el PS ratifica su posición particular, clara y propia, desvinculado de los grupos o facciones, sin ideologías sociales, de la política nacional.”[46] Días después, la línea era reafirmada por un Editorial que, luego de denunciar el “contubernio opositor”, declaraba:“(…) no aceptaremos nunca ser colocados en la alternativas de optar entre la barbarie yrigoyenista y la reacción conservadora (…)”.[47]

En el mes de agosto la situación política se enrareció. Fue en ese marco que Nicolás Repetto, único diputado nacional que conservaba el PS, terminó de esbozar la que sería la respuesta socialista a la crisis política: apelar a los dirigentes yrigoyenistas para que desoyeran a su líder y cumplan sus deberes para con el pueblo. En un discurso ante la Cámara que se haría célebre, Repetto cuestionó las prácticas de la oposición:

“La política se ha vuelto una vulgar diatriba. Unos hacen su carrera, su reputación y su fama lanzando constantemente denuestos contra el Presidente Yrigoyen, y otros hacen también su carrera procediendo a la inversa…Y lo más trágico del caso, señores Diputados, es que esta política insubstancial y hueca, esta vulgar política de oposición sistemática es lo que le gusta a la gente. La gente está encantada ahora si se habla mal de Yrigoyen (…) para levantarse en un pedestal no hay más que trepar a una escalera y lanzar denuestos contra el primer mandatario.”[48]

Pero lo más duro del juicio de Repetto se dirigía al yrigoyenismo. Afirmaba que para quienes no esperaban ninguna ventaja del desorden, la violencia y el caos, la solución a la difícil situación política del momento sólo podía venir de “la presión” que los parlamentarios pudieran ejercer sobre el Jefe de Gobierno. La apelación del líder socialista se dirigía especialmente a los parlamentarios yrigoyenistas, a quienes instaba a “emplear esa enorme fuerza política para restablecer en el país un estado de cosas normal, para reiniciar la marcha lenta pero segura en el sentido de una legislación progresiva (…)”[49]. El llamado a los radicales iba acompañado de una advertencia:

“Rumores siniestros circulan en todo el país (…) Se habla de un cambio violento de gobierno del país. Hechos ocurridos en países vecinos y que no son otra cosa que el traslado de una dictadura de manos civiles a manos militares, se explotan en estos momentos en beneficio de no se sabe que intereses y ahora aparece en toda su enormidad la responsabilidad que cae sobre vuestras espaldas. ¡Son ustedes los responsables de esta situación y ustedes tienen que ponerse a la altura de la responsabilidad! O se da máquina atrás, se renuncia al procedimiento seguido hasta acá, se trabaja en este Congreso, se respeta la ley y las constituciones (…) Entonces, hagan llegar la voz a quien deba oírla y a quien deba someterse a estos dictados de buen sentido, dictados de la ley (…)”.[50]

En momentos de crispación, el PS se alejaba de la “oposición” y apelaba al “buen sentido” de los yrigoyenistas[51]. Días más tarde, cuando el Ministro de Guerra Luis Dellepiane había renunciado y se dejaban oír rumores de intervención militar, La Vanguardia hacía más explícita la apuesta socialista: la renuncia de Yrigoyen y su reemplazo por el Vicepresidente Enrique Martínez.[52]

El 6 de septiembre, y cuando el alzamiento militar que derrocaría  a Yrigoyen ya se había iniciado, La Vanguardia informaba que, a sugerencia de Elpidio González, el Presidente había delegado el mando en su Vicepresidente. Otro artículo, que explicaba que las Cámaras debían reunirse para votar un Presidente “en caso de acefalía”, dejaba ver que los socialistas aún creían que se produciría la salida política que ellos habían deseado.[53]

Sin embargo, no sería así. El 7 de septiembre el diario socialista informaba que el general José Félix Uriburu había depuesto a Yrigoyen y tomado a su cargo el gobierno.

 

Reflexiones finales

En este artículo pasamos revista a las diferentes interpretaciones que, desde las filas socialistas, se hicieron del radicalismo argentino. Podemos ver que, luego de un momento de relativa simpatía, la mirada se fue haciendo progresivamente sombría.  La acentuación del antagonismo entre socialistas y radicales se explica, en parte,  por el modo de constitución de la clase obrera en la Argentina: el “espíritu de escisión” propio del momento fundacional de todo movimiento obrero fue acentuado por el predominio de los inmigrantes. También deben tomarse en cuenta los efectos de la dinámica política nacida de la Ley Sáenz Peña que, al colocar a las dos fuerzas en el centro de la competencia política en la Ciudad de Buenos Aires, segundo distrito electoral del país y principal bastión socialista, disminuyó los incentivos para un posible acercamiento

Sin embargo, consideramos que el principal elemento que acentuó la distancia entre yrigoyenistas y socialistas fue el distinto modo en que unos y otros procesaron la relación entre la parte, el sector que se proponía representar, y el todo, la comunidad nacional. La interpelación yrigoyenista fue alternando su inicial apelación general que, remitiendo a la Constitución Nacional, decía representar a toda la “Nación”, con una progresiva identificación con un “pueblo” que se enfrentaba a quienes lo oprimían. De todos modos, y tal como señala Aboy Carlés,[54] la frontera entre la “causa” popular y los privilegiados, el “régimen”, era matizada por el hecho de que para el yrigoyenismo aún los personeros del “régimen” podían regenerarse para formar parte de la comunidad nacional. Es por este movimiento que el yrigoyenismo puede ser considerado un ejemplo de populismo.

Los socialistas, en cambio, desde sus primeros días rechazaron la apelación genérica a un genérico interés nacional. Así,  el “Manifiesto Electoral” con el que el PS concurrió por primera vez a los comicios, declaraba: “Fundamentalmente distinto de los otros partidos, el Partido Socialista Obrero no dice luchar por puro patriotismo, sino por sus intereses legítimos; no pretende representar los intereses de todo el mundo, sino los del pueblo trabajador, contra la clase capitalista opresora y parásita (…)”.[55]  

La cita merece dos comentarios. El primero es que en el vocabulario socialista la apelación amplia al “pueblo” aparecía limitada por el calificativo “trabajador” u “obrero”, dificultando la inclusión de sectores no estrictamente identificados con la clase obrera. El segundo, es que, con el paso del tiempo, los socialistas fueron combinando su inicial interpelación clasista con apelaciones universalistas a “los ciudadanos” o “los consumidores”. El péndulo socialista osciló entre el corporativismo obrero y un universalismo de matriz cívica pero, como lamenta Aricó,[56] no hubo lugar en su discurso para articular una interpelación nacional-popular que superara el particularismo proletario para ligar al inicial destinatario obrero con otros sectores que se oponían al bloque dominante encabezado por los sectores terratenientes. 

La combinación entre el discurso clasista y el cívico, planteado en clave civilizatoria,  tendría una clara expresión en la consigna con que el PS buscó posicionarse ante el escenario polarizado de 1930: “ni barbarie yrigoyenista, ni reacción conservadora”. Si el discurso civilizatorio distanciaba a los socialistas de un movimiento al que consideraban atávico y personalista como el yrigoyenismo, la clave social hacía imposible que coincidieran con las otras fuerzas -como el Partido Conservador y el Partido Socialista Independiente- que, denunciando la barbarie yrigoyenista, planeaban el golpe de estado. Los socialistas permanecieron “solos contra todos”- tal como rezaba otra de sus consignas- en una casi imposible tercera posición, rechazando las conspiraciones golpistas y a la vez pidiendo la renuncia de Yrigoyen.

Durante años las interpretaciones sobre el PS argentino estuvieron dominadas por cierta mirada simplista planteada por intelectuales de la “izquierda nacional”, como Rodolfo Puiggros o Jorge Abelardo Ramos, quienes afirmaban que los socialistas habían interpretado la propia realidad a partir de un prisma liberal y que por eso no habían comprendido a los movimientos nacional-populares, entendiendo por tales al yrigoyenismo y al peronismo. Esta incomprensión, añadían, hizo que optaran por una política de franca oposición que los había unido a las fuerzas conservadoras. En este trabajo discutimos con tales interpretaciones, mostrando que, desde sus primeros años, en las filas del socialismo argentino convivieron miradas distintas sobre el radicalismo. Señalamos también que aun cuando en su seno se consolidó una lectura francamente negativa del radicalismo –a partir de la consolidación del liderazgo de Justo y, especialmente, al calor de los combates con el yrigoyenismo gobernante- el PS nunca adoptó una política de total oposición que lo sumara a la coalición antiyrigoyenista.

En cambio, como es notorio, el PS se plantó firmemente en la oposición contra Perón al punto que podemos coincidir con Altamirano[57] en considerar al alineamiento “socialista-liberal” -y en primer lugar a su principal referente teórico el socialista Américo Ghioldi- como el gran antagonista del peronismo en el terreno ideológico. Esta centralidad del socialismo en el terreno de las ideas –que contrasta con su progresiva irrelevancia política- se relaciona, creemos, con la mirada relativamente unívoca que el PS presentó sobre el peronismo. Ello merecería un trabajo más amplio, pero a grandes rasgos podemos decir que, a pesar de resistencias como la de Julio V. González, la perspectiva socialista predominante, que era la de Ghioldi, interpretaba al peronismo como un movimiento “totalitario”, lo que llevaba a profundizar la tarea “pedagógica” capaz de mostrar a los trabajadores que las mejoras obtenidas- las que, al menos en un primer momento, no eran desconocidas- no eran más que el precio que se pagaba por su  sumisión.[58]  Con el paso de los años, y con la consolidación del régimen peronista, la posición de Ghioldi se fue radicalizando, desconociéndose el valor de la “justicia social”  peronista, y considerando que el retroceso civilizatorio sufrido hacía imposible una recuperación evolutiva que se apoyara sólo en la pedagogía democrática y la acción político-electoral. La “historia de la libertad argentina” se había salido de curso y era necesario un golpe de timón que repusiera el rumbo perdido. Ghioldi, y con él la dirección del PS, creerán hallar ese golpe en la “Revolución Libertadora”, que en septiembre de 1955 derrocó a Perón.

Poco tiempo después, y contra las previsiones de Ghioldi, empezarían a oírse nuevamente y con más vigor que nunca, las voces de quienes pensaban que era necesario reevaluar el papel del peronismo en el camino al socialismo. Los jóvenes que hablaban de una confluencia entre la izquierda y el peronismo terminarían de hacer imposible la unidad del  viejo partido. Aunque el PS había sufrido en su historia numerosas escisiones, la miríada de rupturas de fines de los 50’ y principios de los ‘60 ocasionaría una diáspora que tornaría a las fuerzas del socialismo argentino irrelevantes en las décadas por venir.

Entretanto, esos jóvenes proponían nuevas interpretaciones del peronismo, juzgando que tal experiencia populista no habría representado -como pensaba Ghioldi y como postulaban los propios peronistas-, una ruptura radical en la historia argentina sino, más bien, un proceso nacido de las características y dilemas de la historia de la clase obrera. Las lecturas –y entre ellas la planteada por Murmis y Portantiero[59] sería paradigmática- que interpretaban el advenimiento del peronismo como el resultado de una hibridación de la cultura popular de izquierda, parecían hacer posible apostar por una nueva fusión que, partiendo del suelo peronista, diera a la izquierda un nuevo papel. Tal fue la apuesta de muchos en la Argentina de los’60 y ’70.

[1] El primero sostenía que el papel que en América Latina cumplía el capital imperialista hacía que las formaciones sociales latinoamericanas se asemejaran a las asiáticas. Como en ellas la prioridad la tenían las tareas antiimperialistas, en las que las clases medias y los intelectuales tenían el lugar de privilegio, la lucha por el socialismo y, por consiguiente la dirección proletaria, quedaría para un segundo momento. Mariátegui, en cambio, le respondía rechazando la equiparación de las sociedades latinoamericanas con las asiáticas -señalando que en Sud América, a diferencia de lo que sucedía en China o India, la pequeña burguesía permanecía ciega ante las políticas imperialistas-, a la vez que planteaba un proceso de transformación en el cual las fuerzas progresivas, que debían estar encabezadas por el proletariado e incorporar a las mayorías indígenas y campesinas, ya no podían colocar el centro en la cuestión nacional sino en la construcción de un “socialismo peruano”
[2] Desde el exilio al que los había obligado la dictadura militar argentina iniciada en 1976 estos intelectuales socialistas se preguntaban acerca de si podía postularse, como el mismo Portantiero había hecho años antes, una relación de continuidad entre populismo y socialismo. En explícita confrontación con la propuesta de Laclau – quien  señalaba como rasgo característico del populismo la articulación de las demandas popular-democráticas bajo la forma de un antagonismo irreductible a la lógica dominante – los autores sostenían que, aunque los regímenes populistas  planteaban una contradicción irreductible frente al bloque de poder, ninguno colocaba en sus interpelaciones constitutivas un antagonismo con el “principio mismo de la dominación (el Estado)”. Ningún populismo, concluían, había sido antiestatal sino que siempre había acordado al Estado un papel positivo y central, en tanto el socialismo se definiría por el combate a la fetichización “ideo-lógica” del Estado. Véase Emilio DE ÍPOLA y Juan Carlos PORTANTIERO, “Lo nacional popular y los populismos realmente existentes”, Controversia, México DF, nº 12, agosto 1981, pp. 11-14; Ernesto LACLAU, “Política e ideología en la teoría marxista”, México D.F., Siglo XXI, 1977.
[3] Véase Oscar TERÁN, Nuestros años sesentas. La formación de la nueva izquierda intelectual en la Argentina, Buenos Aires, Puntosur, 1991; Carlos ALTAMIRANO, 2001, Peronismo y cultura de izquierda, Buenos Aires, Temas Grupo Editorial; María Cristina TORTTI, El “viejo” partido socialista y los orígenes de la “nueva” izquierda en la Argentina.  Buenos Aires; Prometeo, 2009.
[4] En la caracterización del yrigoyenismo como populismo seguimos los argumentos de Aboy Carlés y Delamata. Estos autores subrayan que, a partir de la refundación encabezada por Hipólito Yrigoyen a comienzos del siglo XX, la identidad de la Unión Cívica Radical ya no se definió por la adopción de una perspectiva y un programa liberal, como había sido en tiempos de su fundador Leandro N. Alem, sino por la adhesión a una narración histórica que establecía una “frontera política” entre un pasado demonizado, “el Régimen falaz y descreído”, que amenazaba retornar, y un futuro venturoso que “la Causa”, encarnada en el liderazgo de Yrigoyen, buscaba realizar. El planteo suponía la exclusión no sólo del “Régimen”, contra el que el radicalismo se había alzado, sino también de la “masa indiferente” que, afirmaba Yrigoyen, “nace muerta a la vida moral y del espíritu”. En definitiva, todos los “no radicales” eran expulsados de la solidaridad nacional. Sin embargo la misma afirmación de que no se luchaba contra hombres sino contra un sistema, el “Régimen”, habilitaba la posibilidad de la inclusión de los antiguos rivales una vez “regenerados”. El discurso yrigoyenista no dejaría de oscilar entre la exclusión y la inclusión del “otro”. Sería justamente tal oscilación “entre las tendencias a la ruptura y las contratendencias a la integración” lo que, para Aboy Carlés y Delamata, caracterizaría al populismo. Véase Gerardo ABOY CARLÉS y Gabriela DELAMATA, El Yrigoyenismo, inicio de una tradición,  Buenos Aires, Escuela de Política y Gobierno, Universidad Nacional de San Martín, Documento de trabajo N.° 3, 2001, pp. 21-23.
[5]  Periódico El Obrero, Buenos Aires, (en adelante EO), 31-1-1891.
[6] EO, 16-5-1891.
[7] EO, 24-5-1891.
[8] EO, 11-7-1891.
[9] El “programa de Erfurt”, que tendría una gran influencia en el movimiento socialista internacional, planteaba una versión estricta de la teoría de la simplificación social como condición de la revolución. De él se desprendía una gran confianza en el carácter férreo de las leyes de tendencia de la evolución del capitalismo. Estas leyes, se sostenía, condenaban a la pequeña propiedad urbana y rural, y  llevaban al crecimiento absoluto y relativo del proletariado, asegurando por lo tanto el triunfo de la socialdemocracia, que sólo debía educar al proletariado y mantenerlo unido.
[10] EO, 12-12-1891.
[11] EO, 2-1-1892.
[12] La distancia con los radicales era explícitamente tratada en un artículo, justamente titulado “No somos radicales”. En él se explicaba que “la Unión Cívica Radical representa el partido político de la pequeña burguesía en lucha contra el partido dominante de los grandes hacendados; que por medio el caudillaje gobierna el país despóticamente desde hace ochenta y dos años”. Pero el reconocimiento del carácter orgánico de la UCR y su diferencia con el partido dominante, no llevaba a postular una alianza entre el proletariado y dicho partido; antes bien, el artículo se esforzaba por rechazar los empeños de la pequeña burguesía “por arrastrar la grande masa del proletariado a la lucha consigo”. Explicaba que si el proletariado aportaba su sangre a la guerra civil que se preparaba, la triunfante pequeña burguesía sólo le daría una “patada de agradecimiento”. El proletariado, concluía el artículo, sabía que sólo había un partido, el “partido internacional socialista obrero”, que defendía sus intereses y había “declarado la guerra de clase al capitalismo”, y que a él debía sumarse. Véase, EO, 18-6-1892.
[13] N.del E. Nota suprimida con el fin de preservar la identidad del autor.
[14] Citado en Juan B. JUSTO, La realización del socialismo, Buenos Aires, La Vanguardia, 1947, p. 238.
[15] Ibid., p. 243.
[16] Ibid., p. 243.
[17] Ibid., p. 247.
[18] Ibid., p. 249.
[19] José Aricó, Marx y América Latina, Buenos Aires, Catálogos, 1988
[20] Juan Carlos PORTANTIERO, “Gramsci en clave latinoamericana”. La Ciudad Futura, Buenos Aires,  nº 6, 1987.
[21] Juan B. JUSTO, La realización…, cit. p. 319.
[22]  José ARICÓ, La hipótesis de Justo. Escritos sobre el socialismo en América Latina,  Buenos Aires: Sudamericana, 1999. p. 112
[23] Juan Carlos PORTANTIERO, Juan B. Justo, un fundador de la Argentina moderna, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1999.
[24] Periódico La Vanguardia, Buenos Aires, (en adelante LV), 14-10-1916.
[25] LV, 28-10-1916.
[26] LV, 1-12-1916.
[27] LV, 4-12-1916.
[28] LV, 25-12-1916.
[29] LV, 3-1-1917.
[30] LV, 5-1-1917.
[31] LV, 5-1-1917.
[32] LV, 5-1-1917.
[33] LV, 4-10-1911.
[34] LV, 7-10-1917.
[35] LV, 19-10-1917.
[36] LV, 30-11-1917.
[37] David ROCK, El radicalismo argentino, 1890-1930, Buenos Aires, Amorrortu, 1977, pp.163-164.
[38] LV, 10-12-1917.
[39] LV, 16-12-1917
[40] N.delE. Nota suprimida con el fin de preservar la identidad del autor.
[41] El Partido Socialista Independiente nació en 1927 cuando buena parte de los parlamentarios del PS,  rechazaron el retiro del proyecto de intervención a la provincia de Buenos Aires. Tal proyecto de intervención, impulsado por los socialistas en rechazo a una ley provincial permitiendo los juegos de azar, prometía dar a los adversarios de Yrigoyen el control del principal distrito electoral del país. El retiro del proyecto, consensuado entre Yrigoyen y Justo en una reunión secreta, tuvo importantes consecuencias: por un lado,  facilitó el triunfo electoral del viejo caudillo en las elecciones presidenciales de 1928,  por otro generó la ruptura de un sector que, desde varios años antes, postulaba la necesidad de que el PS tomara partido más claramente en las disputas que dividían la escena política argentina. N.delE. Nota suprimida con el fin de preservar la identidad del autor.
[42] LV, 23-11-1929.
[43] LV, 23-11-1929.
[44] LV, 27-11-1929.
[45] El PSI, que logró encolumnar detrás de si al anti-yrigoyenismo militante orillo los 110000 sufragios, en tanto yrigoyenistas y socialistas obtuvieron poco más de 80000 votos cada uno.
[46] LV, 31-5-1930.
[47] LV, 2-6-1930.
[48] Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación, (en adelante DSCDN), 1930, p. 533)
[49] DSCDN, 1930, p. 537.
[50] DSCDN, 1930, p. 538.
[51] En un gesto que quería poner en evidencia esa búsqueda de “puentes” Repetto votó como autoridades de la Cámara a miembros de diferentes bancadas: al yrigoyenista Ferreira para la presidencia, al antipersonalista Mihura para la vicepresidencia primera, y al demócrata-progresista Antelo para la vicepresidencia segunda. Sería el único que mantendría la vieja tradición parlamentaria de conformar una mesa plural teniendo en cuenta el peso de cada sector. Tanto los yrigoyenistas como los miembros del “partido opositor” votarían solamente a miembros de la propia tendencia.
[52] LV, 3-9-30.
[53] LV, 6-9-30.
[54] Gerardo ABOY CARLÉS, “Repensando el populismo”, Revista Política y Gestión, Rosario, Vol. 4, 2002, pp. 9-34.
[55] LV, 29-2-1896.
[56] José ARICÓ, La hipótesis…, cit., p. 229.
[57] Carlos ALTAMIRANO, Peronismo…, cit., pp. 14-15.
[58] N.delE. Nota suprimida con el fin de preservar la identidad del autor.

[59]Miguel MURMIS y Juan Carlos PORTANTIERO, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971.

abril 18, 2017