La anomia argentina salió a escena

Por Mauricio Marona (este artículo salío en diciembre en la capital pero sirve para empezar a buscar la respuesta a tanta violencia en Rosario y el país).

Analicen el parrafo remarcado al final.

anomiaLa sobreinterpretación por las causas de los violentos estallidos, robos y saqueos en Rosario y otros puntos del país omite un término y una caracterización que la sociología ofreció allá lejos y hace tiempo para auscultar determinada fenomenología: la anomia.

La sobreinterpretación por las causas de los violentos estallidos, robos y saqueos en Rosario y otros puntos del país omite un término y una caracterización que la sociología ofreció allá lejos y hace tiempo para auscultar determinada fenomenología: la anomia.

El sociólogo francés Emile Durkheim fue quien acuñó el termino, al definir la anomia como ausencia normativa, no porque las normas no existan sino porque su cumplimiento no es percibido como obligatorio. Esa situación en la que se borran los límites y desaparecen las fronteras entre poder, autoridad y sociedad. Mucho de eso sucedió durante las últimas horas en Rosario, con populosos barrios convertidos en tierra de unos pocos, hasta el punto de que se pudo llegar a pensar que el fin de los saqueos, el retorno de la calma, sólo estaba en manos autorreguladas de quienes habían saciado su deseo de daño.

Debe decirse como segunda entrada a esta columna que la situación social de la Argentina no es igual a la de 2001. Aquellos saqueos acamparon cuando la economía tenía índices negativos cercanos al 10 por ciento y la desocupación arañaba el 25 por ciento. Hoy, la situación es diferente. Dicho esto, nadie debe creer que el país vive en el mejor de los mundos. Y esa es una primera instantánea clara, tajante, de las horas recientes en que muchos vivieron en peligro.

Los saqueos tomaron por sorpresa a los gobiernos y a la clase política en general. La incertidumbre, la tensión y la ausencia de información clara y fina fueron la constante entre gobernadores, diputados y concejales. Pero, esta vez, la política dio una inocultable muestra de madurez al abroquelarse en un frente común.

Otra vez diciembre. Diciembre es un mes simbólicamente traumático para la política argentina y para Rosario en particular. Al margen de orígenes, actitudes delincuenciales y vandalismo, se vio el miércoles y el jueves la ciudad que no aparece en los folletos. Y eso es una materia pendiente de las gestiones, de la política en su conjunto.

Quedó evidenciado claramente durante estas horas el desacople entre poder y autoridad, al punto de quedar éstos desbordados por nuevas formas organizativas en en claves que manejan sus propios códigos, sus propias formas de organización. Vale la pena detenerse en una caracterización lúcida que hizo en 2009 el sociólogo porteño Eduardo Fidanza: “Como nadie le reconoce legitimidad al otro, en la Argentina cada sector se dedica a ejercer el poder. El poder sin legitimidad se reduce a la pura fuerza. Hay que ser prepotente, avanzar, apretar, atropellar, ocupar espacios, depredar. La barra brava, el piquete y la patota simbolizan esas conductas, pero no hay que engañarse: existen en las canchas de fútbol y en las calles como en los salones y despachos más influyentes. Con cuidados argumentos o con palos, los argentinos buscan imponerse unos a otros por la fuerza. Pocas veces prevalecen la moderación y la autoridad”.

El diálogo de sordos en que se ha constituido la política argentina a la hora de debatir la coyuntura, se mixtura con la ausencia de autoridad ejemplar de algunos estamentos institucionales claves para el deber ser. La Justicia y la policía atraviesan momentos críticos, no gozan de respeto intelectual y, muchas veces, forman parte del problema y no de la solución. La anomia no es producto de la casualidad.

El duelo de siempre. Esa coyuntura lábil, mucha veces penosa y casi siempre huérfana de sapiencia, se montará más temprano que tarde en la sobreinterpretación de los saqueos. Ya ha comenzado lo que el historiador Tulio Halperín Donghi señaló como “recíproca denegación de legitimidad” de las fuerzas políticas en pugna. El gobierno responsabilizando a sindicalistas opositores por el caos y éstos redoblando la apuesta y adjudicándole a la Casa Rosada una mano negra que nadie podría decodificar.

Cuando pasen los primeros efectos del temblor que sacudió a supermercados, minimercados y estaciones de servicio unos y otros volverán a sus bravuras cotidianas, frágiles e inespecíficas. Lo que quedará es la imagen tallada a pura violencia de pequeños o medianos ejércitos irregulares manejando sus propios códigos para aprovechar la anomia, esa que otras veces los deja al costado del camino.

“Al menos que nos manden cien gendarmes”, dijo en medio de los saqueos el gobernador Antonio Bonfatti, en una clara muestra de la gravedad de los hechos. El desamparo e inseguridad de cientos de pequeños comerciantes se observa en la gran cantidad de fotos que los muestra armados, dispuestos a defenderse a todo o nada, casi como en una película del far west. ¿Habrá alguien que siga creyendo por estos días que la inseguridad e Rosario es una “sensación”?

Presuntos mensajes. Ha insinuado el ministro de Seguridad, Raúl Lamberto, que organizaciones de narcotraficantes estuvieron en la logística de los desmanes, algo con lo que coincidió el diputado provincial kirchnerista Eduardo Toniolli. Un conocedor a fondo de la relación subterránea entre fuerzas policiales y narcos (que ocupó un cargo importante hasta hace muy poco tiempo) también se alineó en esa lógica: “Le quisieron dar un mensaje al poder político porque de unas semanas a esta parte se les cayeron zonas de influencia y distribución”, le dijo a LaCapital. Si esto es así, ¿cómo se explica lo sucedido en simultáneo en otros puntos del país?

Causas. Buscar una sola causa, una sola explicación, frente a semejante desmadre de vandalismo y delincuencia siempre resultará inútil para develar el fondo del entramado.

El deslinde (separación clara por sus límites de dos cosas unidas) de las dos Rosario quedó expuesta como una fractura grave. La misma fisura entre las zonas medianamente establecidas de algunas localidades del conurbano bonaerense y los bolsones de pobreza. Eso que alguna vez se denominó Belindia: una franja con nivel parecido al de Bélgica y otro al de la India.

Entre anomias, culturas y subculturas, parece utópico llegar a diciembre en un clima que no huela peligrosamente mal.