DEODORO ROCA , EL DIFICIL TIEMPO NUEVO

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Por: Deodoro Roca (1930)

“En el país hay, en este momento, dos emociones políticas: la del pueblo -la real, la viva- y la de la gente profesionales de la política, que -naturalmente- no tienen ningún sentido político. Estos últimos -pasada la revolución- se conducen como si el país no existiera. La primera condición -la esencial para un buen político – es centrarse en la corriente histórica. Caracteriza a aquellos su propensión a soslayarla. Hay largos intervalos en que esto va bien. Pero hay también horas de encrucijada en las que nada valen las habilidades y los trucos. Horas de tormenta en que ocurre lo fatal, lo inevitable”.

Para el interior del país la revolución es, hasta ahora, una película. Una película titulada: “Buenos Aires, 6 de setiembre de 1930”.

Película, que todos hemos visto proyectarse en la pantalla de los periódicos. Al salir del espectáculo ya la hemos olvidado. El cuadro silencioso ha devorado el haz de luces que alimentaba nuestra imaginación y se ha roto el hilo que nos conducía por esa realidad. Nos hemos sumergido ahora en el curso habitual de las cosas y de los seres. Miramos en torno y vemos que “no ha pasado nada”. En la película sí. Pero, “fuera” no. ¿Qué ha quedado del dramático episodio?

La revolución, si algo significa, es el comienzo de la liquidación de la vieja política.

En el país hay, en este momento, dos emociones políticas: la del pueblo -la real, la viva- y la de la gente profesionales de la política, que -naturalmente- no tienen ningún sentido político. Estos últimos -pasada la revolución- se conducen como si el país no existiera.

La primera condición -la esencial para un buen político – es centrarse en la corriente histórica.

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Caracteriza a aquellos su propensión a soslayarla. Hay largos intervalos en que esto va bien. Pero hay también horas de encrucijada en las que nada valen las habilidades y los trucos. Horas de tormenta en que ocurre lo fatal, lo inevitable. En países agotados por la sequia se sabe que ha fuerza de esperar llegara un momento en que el campesino desea que venga la nube, traiga lo que traiga: agua o granizo. El cielo se cubre de pronto -cuando menos se lo esperaba- y, veloces, avanzan bajos nubarrones.  Caen cuatro gotas. Y se desata un temporal de viento que acaba por llevarse el nublado y por abandonar el campo, al sol, entre ridículos truenos. ¿Será este el sentido de la revolución? ¿La hemos pasado o la estamos pasando?

Desde luego, para los políticos profesionales de toda suerte y de todo campo, parece “terminado” en la fortuna de bello y promisor simulacro. Sin agua, sin granizo, sin sangre. ¿Todo ha de quedar como antes, con la diferencia de que los unos -es decir los mismos- ocupen el lugar de los otros? ¿Es decir que solo ha de sangrar el presupuesto, podado y acribillado con el injerto de ramas nuevas? ¿Tragedias para unos, égloga para otros? Hace falta solo un poco de sensibilidad para darse cuenta de que es muy otro el recóndito sentido de esa revolución, sin duda teatral; de que ese escuadrón de nubes secas no corresponde a un ciclo tormentoso de bambalinas, sino que preludia el rumor de otras, cargadas de agua.

Se advierte, de un lado, la corriente impetuosa de la realidad. De otro, una contracorriente ingenua en os propósitos de aprovechar y corregir la primera. La primera nace en las entrañas de la vida colectiva. La revolución ha sacudido su médula. La segunda no cuenta con el país que se dispone a hacer una “nueva vida”. Cuenta con salvar lo insalvable. La primera se orienta hacia nuevas formas jurídicas y económicas, hacia nuevas elaboraciones doctrinales, a pesar de los que aparentan conducirla. La segunda se expresa ya, ingenuamente, en los tópicos consabidos, en la ingeniosas pero gastadas habilidades. “La cosa va bien” -oímos. Pero ¿qué cosa? Si no fueran tan ingenuos -les diríamos- no declararían, sin más ni más, que la cosas van muy bien. Porque ni siquiera van bien para ustedes. Esas cosas iban bien cuando el país no se enteraba. Lo grave es que el país ahora se entera y ya no hay burlas con la realidad fatal de la historia.

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Estos hombres parecen como si no hubieran aprendido nada. Padecen la clásica “ceguera de la perdición”. A la raíz de esa misma ceguera corresponde cierto difundido estado de ánimo predispuesto a la benevolencia. Nos sentimos rodear por los mismos hombres de ayer, apenas con aire contrito. Nos los hemos quitado de encima, pero estamos dispuestos creer que se han quedado sin aptitud para hacernos daño. Volverán a sumarse a la amable sociedad de antaño. Sin dar importancia al pasado más próximo, como si fuera un juego de niños: lo de ayer, lo de hoy, lo de mañana. Esa maravillosa virtud del impávido, bajo su cubierta de amianto y caucho, en realidad no la disfrutan sólo ellos. 

Se equivocan quienes creen que la revolución del 6 de setiembre es sólo una simple reacción de la “decadencia nacional”, sin duda impostergable y que el espíritu que la animó -lanzado ya- se ha de aplacar con un simple “turno”, con la sustitución de una “fuerza” partidaria por otra.

A esta creencia ingenua y miope, corresponde ese apetito de “restauración” – no de “superación”- que segrega abundantes jugos en el paladar de los viejos políticos criollos. Aunque en algunos aspectos lo parezca, esta no ha sido una “reacción”. Es nomás, el comienzo de una “revolución”, cuyo curso, tumultuoso o tranquilo, dependerá de la sensibilidad histórica de sus dirigentes.  Con la muerte “repentina” del caudillo -en cuyo vientre cabían todos- ha entrado en el proceso final de descomposición toda la vieja política argentina viciada en sus órganos representativos. En unos más que en otros. Pese a quien pese cambiará el tablero. No podremos ya entendernos con simples denominaciones y colores. Habrá que entenderse frente a los problemas y frente a las cosas.

Ahora si que “a las palabras se la lleva el viento”. Todo anda revuelto y turbio, principalmente a causa de las palabras qué al volar, ligeras o tardas oscurecen el paisaje político. Nadie que se llame con las viejas palabras desventradas esta seguro de aludirse. Ni siquiera los conceptos están ya al servicio de las palabras abusivas. Por las definiciones -no por las palabras- gastadas y envilecidas -ha de ascender y expresarse el sentido de la nueva política. Las gentes sienten la necesidad de vastas y amplias definiciones. No son suficientes ya ni las palabras ni el rótulo. Por eso es que los nuevos viejos políticos de estas horas sólo aciertan en las posturas, no en las definiciones ni en las actitudes. Se habla de “reconstruir” organizaciones “partidarias”. Mucho ni siquiera lo admiten. Para ellos reconstrucción no puede tomarse como alusión a “renacimiento”, a expresión de nueva vida, según acaba de señalarlo Ibarguren, en no advertida pero clara sugerencia. Para ellos reconstrucción es “reajuste”, eficiencia caciquil, dominio electoral almidonado y planchado. Difícilmente será nuevo si lo sacan a flote los mismos que lo hundieron el antiguo y clásico, con todas sus virtudes y vicios característicos. Probablemente alumbrarán apenas un letrero y una nómina. No otra cosa. El letrero no va a servir, porque lo han despintado muchos años de adversas pruebas, y la nomina no suscitará válidas empresas, porque no es de presumir que las gentes restauren ilusiones, si el resorte se gastó en el fracaso de los mismos hombres. Sólo los jóvenes -pero auténticos, no los viejos jóvenes- podrán salvarnos del desastre de una inminente restauración.

Por otra parte, la más elemental exigencia de mecánica política impone hoy la necesidad de dotar a las instituciones de algunas piezas que, por prescindir de ellas, determinaron retardos, caídas, averías. Al viejo carro institucional le falta una rueda izquierda. Sin ella no podrá marchar.

El pueblo esta desilusionado. Pasó su tiempo en aplaudir a unos hombres que iban a una aventura. Y a los que venían de un fracaso. Apenas tuvo tiempo de atender a los hombres constructores. Y se los llamó idealistas, cuando la suya era la única realidad. Es que esto hombres no solían ser políticos y las gentes sólo estaban acostumbradas a atender al reclamo del político, del aspirante al poder con todas sus ventajas. No al representante de una evolución, ni siquiera de una doctrina, sino de una ambición.

Una acción que no se expresa un ideal, que no encierra un motivo de rango ideológico, que no tiene otra justificación ética que la defensa de un orden -ni el más justo, ni jurídicamente el mejor, sino una orden de intereses, de consagración de privilegios, y de posiciones históricas y relativas – apenas tiene sentido. Va contra la corriente cada vez más fuerte de esta época. Supremos motivos de justicia y libertad – ¡direcciones eternas! – están ahora en juego en todo el mundo. Y porque están en juego en el mundo, pasan las cosas que pasan. Lo más altos espíritus trabajan a alta presión. No pueden hacer otra cosa que registrar el sentido de las grandes directrices que la realidad social va elaborando. En esta dramática atención se aplican los espíritus selectos del mundo. Y cuando esto hacen, tratan de reestablecer el equilibrio, de buscar la fórmula de armonía entre el principio de la disciplina y de la libertad individual. Porque en el largo proceso de la historia todas han quedado inservibles. Ese proceso acusa, precisamente, el inquieto afán de capturar la fórmula definitiva.

Por eso, en los afanes que contemplamos en estos días, nos parece advertir una ciega desviación y un divorcio perfecto entre las dos sensibilidades que apuntamos.  Pero todavía es tiempo de reaccionar. Peor para los que no reaccionen y no ocupen el claro lugar que les corresponde. Seguridad. Definición. Definiciones, ante todo. En lugar de saludarse, aturdida o hipócritamente, con aquellas incandescentes palabras: “salud y revolución”, los políticos turbiamente exaltados del momento deberían, más bien, saludarse con estas otras: “¡salud y definición!”. Empezaría a amanecer.

Setiembre 21 de 1930.

enero 21, 2021