El sueño boliviano

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Por: Mara Ruiz Malec         –           Fuente: www.cenital.com

El país que gobierna Evo Morales es el más próspero en América del Sur en los últimos años y proyectan para 2019 un crecimiento del 4%.

 

Evo Morales asumió el 22 de enero de 2006. Tan solo 99 días después, emitió el decreto que nacionalizaba los recursos hidrocarburíferos del país. Sería el inicio de una serie de nacionalizaciones y expropiaciones de compañías con recursos clave para el desarrollo económico, entre ellas el recurso minero. Para los equipos económicos de Morales, este es el hito fundacional clave.

Entre otras cosas, la nacionalización de estos recursos mejoró notablemente los ingresos del Estado Nacional. Esto permitió instalar algunos de los programas de transferencias sociales más ambiciosos de la región. Los logros en materia de bienestar social son incuestionables. Un informe del Instituto de Trabajo y Economía muestra que, al menos hasta 2014, la pobreza extrema había bajado 20 puntos desde la asunción de Morales. En el sector rural, la caída de la pobreza extrema fue de casi 30 puntos. La relación entre el ingreso del decil más rico y el más pobre pasó de 128 veces en 2005 a 39 en 2014.

No obstante, la caída de los precios internacionales a partir de 2012 golpeó a toda la región y Bolivia no fue la excepción. Las exportaciones en 2018 fueron un 20% más bajas que en 2012. A la caída de los precios internacionales debe sumarse que dos de sus principales socios comerciales, Argentina y Brasil, se encuentran o han atravesado importantes recesiones. En el caso de Argentina, la situación empeora porque el aprovechamiento de los recursos de Vaca Muerta hace menos dependiente a nuestro país del gas Bolivia. Un 80% de las exportaciones bolivianas son minerales e hidrocarburos. Entre estos dos tipos de productos, la relación era 40% minerales -60% hidrocarburos en 2012-. Hoy es al revés, con la minería ganando terreno.

Aun así, Bolivia es el país que más crece en América del Sur en los últimos años. El Banco Mundial proyecta para 2019 un crecimiento del 4%, menor al crecimiento proyectado por el propio gobierno boliviano de 4,5%, pero el mayor del continente. Pero este crecimiento no ha sido gratis para Bolivia.

Hasta hace algunos años, este país representaba el milagro heterodoxo por tener un crecimiento fuerte, impulsado por el Estado, con redistribución del ingreso y por al mismo tiempo tener una macroeconomía ordenada. Superávit del sector público, superávit del sector externo y una inflación baja y controlada. Bolivia siempre tuvo una economía heterodoxa pero sobre todo, pragmática. El equipo económico hizo los cambios que consideró necesarios, intentando siempre no pelearse de todo con quienes podían llegar a invertir en Bolivia. De hecho, y aún cuando 2018 fue un año particularmente malo en este aspecto, la Inversión Extranjera Directa (IED) fue un 270% superior a la de 2004 (en 2005 los capitales volaron afuera, posiblemente ante la perspectiva de la llegada de Evo. Pero boom de commodities mediante, aun tras las nacionalizaciones, la IED se recuperó rápidamente, llegando a alcanzar los 1.750 millones de dólares en 2013).

A principios de cada año se presenta un programa fiscal y monetario, donde se establecen objetivos de crecimiento, de inflación y de resultado fiscal. También se incluye cuánto del déficit fiscal (en caso de que hubiera) se financiará a través del Banco Central. Este tiene un ojo puesto sobre la inflación y el tipo de cambio, pero al mismo tiempo implementa una batería de medidas heterodoxas para contener la demanda de divisas, fomentar el ahorro en moneda nacional, financiar al Estado y brindar crédito productivo.

¿Puede caer el milagro boliviano?

Hoy, el plano externo y el plano fiscal están en tensión en Bolivia.

En 2015, la cuenta corriente pasó a ser deficitaria. En particular, las exportaciones cayeron mucho, mientras que en la medida que el país siguió creciendo las importaciones se sostuvieron. Esto se cubrió utilizando reservas que Bolivia inteligentemente acumuló durante todos estos años. Así, el país andino pudo sostener el crecimiento y, al mismo tiempo, un nivel de deuda externa sostenible de alrededor del 24% del producto bruto interno (en Argentina este valor estuvo por debajo del 20% hasta 2016 inclusive y hoy alcanza al 44% del PIB). Al usar reservas, Bolivia no permitió que, pese a estar exportando menos, el tipo de cambio se depreciara significativamente. Esto ayudó a mantener la inflación bajo control. Llegó a tener 6,5% de inflación anual en 2013, pero ahora esos valores están en menos del 1,5% anual. El tipo de cambio está clavado en 6,91 desde 2012.

Sin embargo, las reservas no son eternas. Pasaron de representar un 51% del PIB en 2012 a 22% en 2018. Bolivia casi volvió al punto de partida de Evo Morales, cuando las reservas eran el 18% del producto bruto interno. Con un producto mucho más grande ahora, por supuesto. Y con un ratio que no deja de ser aceptable. Pero eso no quita que la estrategia tenga sus límites.

En el plano fiscal, muchas economías latinoamericanas vienen teniendo déficit financiero y primario desde que cayó el precio de las commodities. Chile tiene déficit primario de forma ininterrumpida desde 2013. Perú desde 2015. Costa Rica, otro país “bien comportado”, no recupera el superávit desde la crisis del 2009. Lo que sorprende de Bolivia son las magnitudes. Bolivia pasó de tener superávit fiscal de 1,6% en 2013 a un déficit de más de 6% en 2019 (7,8% cuando miramos el déficit total). Por ahora, gran parte de esto (cerca de un 40%) se financia con el Banco Central. Recordemos que buena parte de los ingresos del fisco provienen no tanto de los impuestos “tradicionales” como de los beneficios de las actividades mineras y de hidrocarburos, que cayeron ante el escenario externo.

Fortalezas y debilidades

La economía de Bolivia tiene algunas tensiones. Las estrategias de financiamiento para el déficit fiscal no parecen estar trayendo tantos problemas (la emisión no genera inflación, al menos en Bolivia), aunque podrían estar colaborando con algunas tensiones cambiarias (básicamente con una mayor compra de dólares).

El déficit externo es más complejo. En la medida en que no mejore la cuenta corriente, Bolivia seguirá perdiendo reservas o tendrá que poner en riesgo su estrategia antiinflacionaria de sostener un tipo de cambio.

Como ventaja para apaciguar ambos problemas, Bolivia aún tiene espacio para tomar deuda en moneda extranjera. Sin embargo, como la experiencia argentina muestra, este es un camino de corto plazo. Si en el medio no se invierte para generar los dólares para repagar esa deuda, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

¿Generó un cambio estructural? Si se miran los datos de composición del producto, no parece. Lo que aporta la industria al producto no creció desde 2005 e incluso cayó un poquito. Esto no significa que la industria no haya crecido, sino que creció a la par del resto de los sectores. En materia de exportaciones, Bolivia sigue siendo dependiente de sus dos recursos naturales sin lograr exportarlos con mayor valor agregado. Sin embargo, hay algunos datos para esperanzarse.

La inversión en Bolivia aumentó mucho.

De hecho, pasó de ser el 13% del PIB al 22,5%. El Banco Central tiene la potestad de prestar fondo a las empresas públicas estratégicas para proyectos de inversión y los bancos comerciales tienen, por normativa, que destinar un buen porcentaje de su crédito al sector productivo. En el manejo de las empresas nacionalizadas, la administración estatal fue prolija y mantuvo a las empresas creciendo. Bolivia ya viene pensando varias estrategias para aprovechar su propia producción de gas en un marco donde Argentina quizás deje de necesitarla. La construcción de centrales térmicas que generan energía utilizando este combustible, entre ellas la Gran Chaco casi en el límite con nuestro país, va en este sentido. A su vez, insistentemente se buscan inversiones extranjeras para explotar los recursos mineros pero con una visión de agregar valor. Al menos en lo discursivo, el gobierno boliviano se ha mostrado muy preocupado en generar un desarrollo productivo que aproveche los recursos del país. Tener clara esta orientación no es poco, llevarla adelante no es fácil. Estas estrategias requieren tiempo, coordinación y algo de suerte. Sin un cambio de contexto internacional, Bolivia está más cerca del momento donde deberá acelerar su estrategia y sus inversiones deberán empezar a rendir frutos. O no habrá milagro heterodoxo.

septiembre 30, 2019