Güemes, un patriota.

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por Marcelo Pascal 

Hace 199 años, en el helado amanecer del 17 de Junio moría bajo un árbol, en pleno monte, el General Martín Miguel Juan de Mata Güemes. Desde entonces el salteño pasó de defensor a mártir de la Independencia Sudamericana. 

 

La muerte que truncó su vida y cambió el curso de la historia, especialmente en el norte argentino, no pudo opacar la gloria de quien tanto dio.  Cada salteñ@ siente latir en sus venas la epopeya del heroico general que encabezara junto a nuestros antepasados una gesta jamás igualada y bastante desconocida. 

Lamentablemente demasiados historiadores han tratado de describirlo como un simple caudillo del norte de nuestra patria, un defensor de frontera, circunscribiendo su acción al Norte y degradándolo.

Martín Güemes defendió, por mandato del gobierno central, la integridad territorial del naciente país, no solo del Norte. En aquélla época Salta era el centro de las Provincias Unidas del Río de la Plata, paso obligado entre el Perú y Buenos Aires. Los realistas se negaban a resignar tan importante territorio y enviaron a América, con el objetivo de recuperarlo, numerosos ejércitos. Estos estaban constituidos por veteranos, en su mayoría vencedores de Napoleón Bonaparte. Eran profesionales muy bien equipados

Su actuación en defensa de nuestro suelo tuvo como punto de partida un heroico desempeño en el rechazo a las invasiones inglesas. Continuo durante 1.810, cuando ya al servicio de la causa revolucionaria, se desempeño eficazmente al mando de un Escuadrón de Gauchos en la Quebrada de Humahuaca impidiendo la comunicación entre los opositores al nuevo régimen y los realistas del Alto Perú. En Suipacha, único triunfo de las armas patriotas en el intento de recuperar el valioso territorio altoperuano, la participación del Capitán Martín M. de Güemes fue decisiva. Con su ayuda Juan Martín de Pueyrredón – luego del desastre de Huapi – logró atravesar la selva oranense y salvar los caudales de la Ceca de Potosí, que estaba en poder de los realistas.

San Martín al ver sus aptitudes y patriotismo le encomendó el mando de la Avanzada del Río Pasaje iniciando con esto la Guerra Gaucha. En 1815 derroto completamente al poderoso ejército invasor al mando de Joaquín de la Pezuela en Puesto del Marqués.

A estas milicias en 1816 el Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón les dio el rol de ser “la defensa de las Provincias Unidas y la seguridad del Ejército Auxiliar del Alto Perú” que se encontraba en Tucumán reorganizándose después de ser derrotado en Sipe Sipe. Entonces las milicias gauchas al mando del heroico salteño pasaron a desempeñarse como ejército en operaciones continuas, al servicio de la Patria.

Güemes y sus milicias gauchas detuvieron poderosas invasiones al mando de destacados jefes españoles. En 1817 a la encabezada por experimentado mariscal José de la Serna, quién al mando de 5.500 veteranos de guerra partió de Lima asegurando que con ellos recuperaría Bs.As. o la del Gral. Pedro de Olañeta, enemigo acérrimo del salteño o la del Gral. Juan Ramírez Orozco quién en Junio de 1.820 avanzó con 6.500 hombres. Ninguna pudo con el ejercito a su mando.

San martín lo designó General en Jefe del Ejército de Observación y le encomendó la misión de auxiliarlo en la liberación del Perú.

Esta designación fue el punto culminante de su enfrentamiento con la oligarquía local, ya que las Provincias reconocieron la designación pero le brindaron escasa ayuda para encarar la empresa encomendada por San Martín.

Güemes al momento de esta designación estaba en ejercicio del gobierno provincial, al que había accedido en 1815 por decisión popular unánime, que en un acto sin precedentes lo ungió gobernador como afirmación de su ascendiente sobre las masas y como rechazo a la política del círculo porteñista.

Ante el casi nulo apoyo económico del resto de las provincias se vio obligado a imponer contribuciones que originaron oposición y gran descontento entre los pudientes, empobreciendo la economía de la Intendencia bajo su gobierno.

Su muerte no fue obra de la casualidad sino que la culminación de un movimiento conspirativo que se venía gestando desde hacia varios años, y que había intentado sin suerte sacarlo de escena.

Un testimonio de la época da cuenta que los autores de la “revolución del comercio”, que a fines de mayo de 1821, había depuesto a Güemes mientras éste se encontraba al frente de sus tropas: tuvo por autores a “todos los ciudadanos más importantes que componían el comercio del país. Pero que aquel movimiento sedicioso produjo un sentimiento opuesto al buscado por sus autores, ya que el afecto del paisanaje hacia su caudillo se hizo más notable que nunca”.

Este hombre que acompaño a Güemes, Don Zacarías Antonio Yanzi[1], también sostuvo que el asesinato fue consumado por la espalda y que las tropas realistas entraron a la plaza de Salta a la madrugada siguiente “a son de dianas y vivas al Rey de España”. En la campaña los gauchos y el pueblo atinaban a encontrarse en los sitios habituales: “se buscaban, se aconsejaban, se interpelaban con las muchedumbres”.

Otro testimonio,  el de Oliveira Cezar  sostuvo que: “Entre los enemigos del caudillo salteño, muchos que no se le presentaron (después del fracasado movimiento sedicioso) fueron a parar al campamento de Olañeta, que operaba sobre las fronteras del Alto Perú, y le pusieron en conocimiento minucioso de cuanto ocurría en la heroica ciudad de Salta”. Llegados los miembros de la partida adelantada del Barbarucho -(antiguo capataz en los arreos de mula del negocio privado de Olañeta, que guió a la partida realista que entró a Salta y abatió a Güemes) – se había visto en la ciudad “algo como un reflejo de armas” en la tarde del 7 de junio. Güemes dictaba sus cartas y disponía medidas para ajustar la organización de la fuerza destinada a apoyar a San Martín y sublevar los pueblos del Alto Perú. Benito Dozo y Mauricio Refojo, su secretario y ayudante lo acompañaban. A la noche al escuchar disparos sale pero en la espesura de la oscuridad de invierno se ocultaban las partidas de Olañeta que habían cercado a Güemes. Dispuesto a hacerles frente y pasar a reunirse con sus soldados saltó al caballo “Inclinando su cuerpo sobre el lomo de su caballo para ocultarse de las descargas, y partió al galope”. Una bala lo hirió mortalmente y durante diez días agonizó en las afueras de Salta haciendo jurar a sus soldados que no desmayarían hasta dejar libre el país de godos. [2]

Así, en medio del monte debajo de un cebil, rodeado de humildes y valerosos gauchos, se escribe una de las páginas más tiernas y más profundas, desde el punto de vista axiológico, de la historia argentina. Herido, fruto de una traición, después de muerto no escapa a otras. La ciudad cayó en manos de los españoles, y si estos la desocuparon fue gracias a un acuerdo con la oligarquía nativa, que garantizaba que el Plan Sanmartiniano estaba destinado al fracaso, ya que acordaron establecer en Salta una especie de “zona neutral” con el compromiso de que no solo desde Salta no partiría ningún contingente armado con rumbo hacia el Alto Perú, sino que también se comprometía a impedir el paso de ningún otro, que desde cualquier lugar pretendiese ganar el Alto Perú, con lo cual San Martín queda exento de apoyatura militar y sin recursos económicos. El Plan Sanmartiniano había fracasado.

Al firmarse el Armisticio, San Martín quien ya estaba en Lima y ante la realidad de que se quedaba sin apoyo Patriota, expreso: “El indigno Armisticio de Salta hizo que todas las fuerzas cayeran sobre mí”. Consecuencia de ello San Martín se vio obligado a dejar en manos de Bolívar la finalización de la Campaña Libertadora que para los salteños y jujeños significó más de una década de lucha, sacrificio y devastación.

En pleno conocimiento de ello en 1825 Antonio José de Sucre escribía: “Los salteños, siempre valientes y heroicos fueron la barrera que se opuso a la tiranía española, para que el poder de los enemigos de América no inundase a las Provincias Argentinas; y el Ejército Libertador que en su corazón lleva la suerte del nuevo mundo sin distinciones locales, agradece este bien que rendido a las Provincias Argentinas refluye y excita la gratitud de toda América”.

Es en este sentido que es válido plantear un paralelismo entre las existencias de Güemes y Artigas!. No sólo porque hicieron de la causa emancipadora una empresa de las masas movilizadas, no sólo porque uno enfrentaba al godo y el otro al portugués invasor, ni porque a uno se declaraba “reo de Estado” y al otro el porteñismo ponía precio a su cabeza. Paralelas también porque cuando ellos desaparecen y el pueblo que los acompañó es derrotado junto a ellos, se impone la política de las bambalinas diplomáticas. Y el escenario del americanista Artigas, del rioplatense Artigas, se convierte en el Uruguay, y por otras razones, el Alto Perú se convierte en Bolivia.

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En 1821 cuando muere Güemes, Bernardino Rivadavia archivaba los suplicantes pedidos de éste para equipar la fuerza auxiliar al Perú; hacía ostentación de gastar cien mil pesos en un inútil pozo artesiano mientras en Salta se arañaba la tierra para recaudar cuatro mil pesos mensuales. El enviado de Güemes, el jefe gaucho Uriondo, era tratado como un cónsul más de un país extranjero. Y si Rivadavia quería poner fin a la “noche de fieros caudillos” no pudo menos que decir su prensa ante el asesinato de Güemes que imponía el perpetuo luto de sus gauchos por el jefe venerado: “Murió el abominable Güemes al huir de la sorpresa que le hicieron los enemigos. Ya tenemos un cacique menos”.

Los enemigos de Güemes habían visto coronados así sus esfuerzos por acabar con éste. Las conspiraciones de 1817, 1818, y 1820 epilogaban así de la forma más violenta. A los pocos días de su muerte uno de esos doctores que él despreciaba atribuía ese crimen a que la Divina Justicia había escuchado los clamores contra “un déspota tirano que había formado el diabólico proyecto de construir su fortuna sobre la ruina de los más honrados ciudadanos”.

Güemes no solo fue un extraordinario militar sino que a su modo fue un gran estadista. 

El ex gobernador de Salta, Joaquín Castellanos[3], cuando presento una ley de protección al gaucho con motivos del centenario del asesinato, sostuvo que “Sus convicciones de ciudadano, de soldado, de patriota, manifestada en sus hechos, en documentos públicos y en su propaganda de director de los espíritus, contienen los principios fundamentales del Federalismo argentino, tal como está legislado en nuestra Constitución, asegurando, no la subordinación de los Estados al Poder Central, sino afirmando la unión nacional a base del equilibrio de los poderes que representan la soberanía general…”.[4] 

En lo social Castellano decía que “El estado político y social creado por Güemes en Salta, de equilibrio entre la clase capitalista y la clase asalariada, plantea un gran problema y ofrece la forma de resolverlo en condiciones satisfactorias para los intereses más vitales de la nacionalidad”. Invocando a Güemes añadía: “Necesitamos tu evangelio de Justicia social para salvar la nacionalidad”.

Explicando el origen de la oposición inflexible del grupo “decente” de Salta a la política de Güemes escribía:

“Para no pagar impuestos de guerra pretendieron recobrar sobre los gauchos el injusto predominio tradicional de los patrones y terratenientes, de que Güemes había librado al paisanaje que peleaba por defender la Patria”… “Su inmolación fue la consecuencia de una alianza de los enemigos externos con los adversarios internos”. Para luego explicar la conducta de la minoría que enfrentaba a Güemes así: “La porción de esa clase -la llama “capitalista”- que entonces, como ahora aquí, como en todas partes pretende que se haga patria sin gastar, llamó en su auxilio al ejército realista, consumando una traición que sólo por ser de muchos no se ha individualizado con los caracteres odiosos de la de Judas”.

Lanzaba luego una exhortación: “Para continuar su acción, los herederos de su ideal republicano, federativo y democrático, tendremos que luchar y vencer a los realistas eternos, que hoy como ayer, operan en alianza con los eternos Barbaruchos”.

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Aludiendo a la consternación que acompañó por años a sus gauchos, ahora desolados y sin su protector, terminaba Castellanos: “Aquel inmenso llanto colectivo ya no se escucha; pero no ha cesado”.

Hoy al recordar los 199 años de la muerte de este gran patriota es fundamental recordar las palabras que tuvo para el José María Paz: “Tuvo la gloria de morir por la causa de su elección, que era la de la América entera”.


[1] Don Zacarías Antonio Yanzi: Apuntes Históricos, 1883

[2] Félix Lajouane. “Güemes y sus Gauchos”. Páginas Americanas, 1895

[3] Joaquín Castellanos (1861-1932), gobernador radical dé Salta.

[4] Castellanos, fundamentos de su proyecto.

junio 15, 2020