Marcelo Pascal :: “La izquierda argentina en busca de una brújula”

 

 

Por: Marcelo Boga Pascal

BRÚJULA

“Del italiano bussola, una brújula es un instrumento que, gracias a presentar una aguja imantada que gira sobre un eje y señala el norte magnético, permite determinar las direcciones de la superficie terrestre”.

La brújula es un instrumento extremadamente necesario cuando cuesta encontrar el rumbo correcto. Una brújula es tal vez el dispositivo que necesita la izquierda argentina para empezar a construir un proyecto colectivo con alcance nacional.

Este texto toma las categorías utilizadas por Hall para analizar la Inglaterra de Thatcher en los años ´80 y los utiliza en nuestra Argentina siglo XXI. En mismo se plantean muchas preguntas, pocas respuestas y un deseo de que el debate colectivo empiece a surgir.

¿Qué lleva a que la izquierda argentina no encuentre el rumbo? ¿Conoce a su adversario? ¿Qué elementos son necesarios para poder construir un proyecto de características hegemónicas? ¿Qué brújula tiene que utilizar la izquierda argentina para encontrar el camino? ¿Hay camino? ¿Con qué sujeto contamos? etc etc.

Estas y otras muchas preguntas me surgieron al leer un texto clave de Stuart Hall sobre el pensamiento de Gramsci, el mismo es profundamente autocrítico y no se queda en la crítica vacía, sino que propone líneas de acción. 

L@s socialistas tenemos que intentar pensar “en voz alta” los desconcertantes dilemas de la izquierda argentina. Para esto es necesario encarar el análisis de la realidad con un método y una forma de pensar que nos permita desentrañar el complejo proceso sociopolítico que venimos transitando.

Proponemos encarar este desconcierto desde un enfoque gramsciana, y a partir de ahí desentrañar los por qué de la desorientación de la izquierda argentina en los últimos años e intentar delinear posibles caminos a seguir.

Proponemos encarar este desconcierto desde un enfoque gramsciano, y a partir de ahí desentrañar los por qué de la desorientación de la izquierda argentina en los últimos años e intentar delinear posibles caminos a seguir.

Pensar en Gramsci, no para buscar la fórmula mágica que nos permitirá resolver el problema, sino utilizar las herramientas de análisis político que él propone para ir delineando el escenario donde desarrollamos nuestra prédica política.

Básicamente es una invitación a indagar cuál es el camino que ha tomado la historia de nuestro país. De si podemos ver hacia donde se dirige la realidad, lo concreto, si estamos entendiendo lo que pasa, o bien si seguimos aferrados a la historia que nos imaginamos para nuestro país, con el consecuente error de análisis de una realidad que no existe.

 

Una brújula posible: pensar lo específico y lo diferente.

Gramsci planteó un mecanismo de análisis cuando estaba en la cárcel fascista[1], en un momento crucial en las luchas políticas del primer cuarto del siglo XX, en un momento de repliegue, de fracaso del proyecto socialista en las grandes sociedades capitalistas y de avance de la derecha, en este caso bajo el formato del fascismo.

El asistió a un cambio revolucionario de la historia, que lo llevo a sostener que cuando una coyuntura se despliega, ya no hay marcha atrás, la historia cambia de engranaje. El terreno cambia. Te encuentras en un nuevo momento. Tienes que atender, “violentamente”, con todo el “pesimismo del intelecto” del que dispongas, a la disciplina de la coyuntura.”

Este cambio de la coyuntura histórica estuvo dado por el surgimiento de una Derecha que tuvo la capacidad de cambiar y poder hegemonizar la derrota de los sectores de izquierda en clave fascista. Ante esto, la izquierda según su visión entró en un momento de crisis total, donde todos los puntos de referencia, las predicciones, fueron hecha añicos. El universo político, tal y como lo habitaba, había colapsado.

Ahora bien, la situación de la izquierda en la Argentina[2] no es exactamente similar a la que se planteó en ese momento histórico, pero hay elementos asombrosamente parecidos. El método de análisis propuesto por Gramsci nos puede ayudar a entender nuestra condición hoy.

Como militante de la izquierda democrática es nuestro deber no buscar desesperadamente la solución mágica al problema, sino plantearnos las preguntas correctas acerca de la situación socioeconómica argentina, en este momento histórico. Por lo que corresponde dirigir nuestra atención a lo que es ESPECÍFICO y DIFERENTE (especialmente lo último).

En este sentido, es clave desentrañar el carácter de la derecha que actualmente nos gobierna, encontrar las similitudes y diferencias con la derecha representada en la generación del ´80, o la que derroco a Perón en el ´55, o la que cogobernó el país con los militares en los ´70, o la que cogobernó con Menem en los ´90.

¿Qué es lo específico y diferente en la actual derecha argentina? ¿Qué transformaciones han sucedido en su constitución y objetivos?

Para enfrentarla necesitamos el diagnóstico correcto porque si no estaremos usando herramientas que por ahí sirvieron para otra época pero que son inocuas para la derecha transformada que nos domina hoy en día.

Y aquí es necesario remarcar que en la izquierda argentina hay una peligrosa tendencia a pensar que la derecha que siempre nos acompaño es la misma en su esencia y sus prácticas. Las mismas personas, con los mismos intereses. De ahí la insistencia de Gramsci sobre el uso correcto del concepto: DIFERENCIA.

 

PPD: proyecto político de la derecha.

El primer punto a considerar es que la nueva/vieja derecha argentina ha cambiado: es una derecha moldeada por el neoliberalismo y por el monetarismo más duro.

Tomando como punto de partida el análisis realizado por Stuart Hall a la derecha británica en los ´80, es fundamental comprender la dimensión de esta transformación de este sector en nuestro país ya que esta monopoliza el debate público. Y a partir de esta comprensión ahondar en el análisis de como el neoliberalismo y el monetarismo moldeo una nueva clase dirigente argentina. Clase dirigente hegemonizada por hombres y mujeres de negocios, utilitaristas y de rostro duro, muchos de ellos pertenecientes a la tacaña burguesía nativa y otros a la vieja oligarquía.

En base a lo anterior tenemos que dimensionar el error que continúa cometiendo la izquierda argentina al seguir teniendo una mirada de la realidad que no existe, que cambiado. Izquierda que no ha logrado ver que la “la diferencia” tiene un efecto real y concreto.

Resulta crucial identificar las diferencias que constituyen a la derecha argentina actual con la que conocimos por ejemplo en los ´90.

Gramsci en su método pone en un lugar central el rol de la historia y la especificidad. Esta centralidad hace innecesaria la pregunta de qué hubiera dicho Gramsci acerca del macrismo.

Darle centralidad a la noción de la diferencia y la especificidad de la coyuntura histórica lleva a que tengamos que preguntarnos ante el despliegue del proyecto político de la derecha: 

“¿Cómo es que fuerzas disímiles se juntan, coyunturalmente, para crear un nuevo terreno, sobre el cual se debe formar una nueva política?”[3].  

¿Porque la izquierda no ha podido hacerlo?

Para Gramsci la política es una entidad compleja, viva, cambiante, que se desarrolla sobre nuevos escenarios cada vez que lo considera necesario. Su método nos invita a conocer profundamente a la derecha, a sus actores, sus prácticas, sus intereses. Y también nos alerta para que no nos quedemos con análisis que no tienen anclaje en realidad.

La izquierda argentina para empezar a salir de su desorientación necesita analizar y conocer el “PROYECTO POLÍTICO DE LA DERECHA – PPD”.

Este proyecto político tiene un origen no tan nuevo y es un discurso de ataque despiadado al rol de estado, especialmente al estado benefactor o keynesiano (versión criolla). Y al igual que a fines de los ´80 plantea que es el culpable de todo lo que le pasa al país, vinculando de forma muy sólida corrupción con mal funcionamiento e ineficiencia generalizada.

El PPD apuesta a una reestructuración del ESTADO desde sus cimientos, pero no se queda ahí, sino que le suma una serie de acciones estratégicas, entre las que sobresalen:

  • Amplia modificación de las reglas básicas de las alianzas sociales, que la sustentaban, que la hacían popular. Al igual que en el resto del mundo, la derecha argentina vino a transformar el Estado para así reestructurar la sociedad; descentrar, desplazar toda la configuración de mitad del siglo pasado; reversar la cultura política que había formado la base del orden político –el compromiso histórico entre el trabajo y el capital- que había tomado su lugar a partir de 1945.

 

  • Implantación de un sentido común donde las personas como seres individuales deben reconfigurar sus valores, sus vidas cotidianas para poder sobrevivir y cuidar a las personas cercanas a ellas.

Siendo esta última línea estratégica crucial, ya que se dirige especialmente a los valores de las personas que sencillamente, en sus vidas cotidianas, tienen que calcular como han de sobrevivir, cómo han de cuidar de las personas que tienen cercanas. Como garantizar un plato de comida a tu familia o que por lo menos vuelvan sanos y salvos a casa todos los días.

El macrismo al igual que muchas otras modalidades de la derecha en modo siglo XXI ha apostado todo su arsenal discursivo para refundar el sentido común de l@s argentin@s.

Ahora:

¿Cuál es el sentido común de los argentin@s a partir de la crisis del 2000? ¿Qué nos quedó, que marcas nos dejó el neoliberalismo de los 90?

Una respuesta se puede buscar por la afirmación de que para el pueblo argentino le quedo en claro que las fuerzas del mercado solo servían para construir desigualdad e injusticia. La historia indica que de esa crisis surgió la necesidad de un estado que vuelva a estar presente, de que no se volviera al criterio donde el mercado sea el fiel de la balanza para medir las necesidades de las personas y de la sociedad. 

“Siempre tendría que haber alguna fuerza incremental, institucional, adicional – el Estado, en representación de los intereses generales de la sociedad- para traer a colación, para sopesar, para modificar al mercado”[4]

Es en este sentido que tenemos que ser conscientes que el socialismo en la Argentina no arranco a partir de 2003, pero si tenemos que tener en claro que en este período se construyó una “base popular social-demócrata (en versión criolla) de carácter benefactora”. Esta base conforma el suelo real y concreto sobre el que cualquier socialismo que sea digno del nombre tiene que ser construido[5].

Hoy esta base es la que está siendo interpelada por el PPD. Destruirla es un objetivo central para terminar de moldear un nuevo sentido común que no vea al mercado como un enemigo.

El macrismo, es un proyecto político que vino a contestar ese proyecto, a desmantelarlo a como dé lugar y reemplazarlo por algo nuevo. Entró en el campo político a través de una competencia histórica, no sólo por el poder, sino por la autoridad popular, por la hegemonía.

Ahora bien, al igual de lo resaltado por Stuar Hall en su análisis del thatcherismo, el macrismo tiene una característica diferenciadora con las anteriores versiones de la derecha: es un proyecto regresivo y progresivo a la vez. Cualidad que confunde a la izquierda en la Argentina como la confundió a la izquierda británica y europea.

Lo de regresivo se observa rápidamente en el proceso de degradación de los derechos sociales conquistados, de achicar al mínimo el rol del estado, desfinanciar el sistema de jubilación estatal y volver al sistema de afjp, encarar una flexibilización laboral, etc, etc.

Ahora este proyecto político de la derecha no se queda en la parte regresiva, sino que avanza en un sentido progresivo algo así como una modernización regresiva.

Argentina es un país que nunca logro desplegar en forma concreta y duradera una política de industrialización que le permitiera salir de su lugar del lugar de país agroindustrial proveedor de materias primas, con todas las implicancias que esto representa esta imposibilidad de vivir en un país con imagen que no es ni una cosa ni la otra.

De ahí que el PPD se ha propuesto construir como parte de su proyecto político una imagen del país que represente la modernidad para nuestro pueblo, de ahí el lugar clave y central que le da el macrismo a la comunicación en todas sus variantes.

“No hay nada más crucial, a este respecto, que el reconocimiento de Gramsci de que cada crisis es también un momento de reconstrucción; que no hay destrucción que no sea, también, una reconstrucción; que, históricamente, nada es desmantelado sin que se intente poner algo nuevo en su lugar; que toda forma de poder no sólo excluye sino que también produce algo”[6].

A través de esta definición, Gramsci plantea una noción de crisis y de poder conceptualmente nueva y diferente a la que sostiene la izquierda clásica. Con un enfoque que entiende al capitalismo movido por una ley de la modernización con dos ejes centrales: desarrollo inequitativo y desorden organizado. Modernización donde evidentemente hay sectores sociales que sobran y el que hacer con ellos no forma parte de su formulación.

Ante este modelo, la izquierda clásica solo ha sabido responder con la idea de que a la crisis del capitalismo y su desintegración le seguiría el ingreso triunfante de SU ingreso a la toma del poder. Cosa que como viene mostrando la historia está bastante lejos de ser real.

Aquí es donde se vuelve necesario realizar en forma correcta la pregunta, si se lo piensa en la forma tradicional del marxismo, obtendremos una respuesta que puede dejarnos tranquilos, pero difícilmente pueda describir en forma correcta la realidad en la que vivimos.

Hoy, no tenemos en claro cuáles son las respuestas correctas a estas preguntas:  

¿A quién representa en realidad el macrismo en la Argentina de hoy?

¿Cuál es la naturaleza de esta ideología que puede inscribir en sí una gama tan amplia de intereses y posiciones disímiles, que parece poder representar un poco a todos?

¿Cómo podemos encontrarle sentido a una ideología que no es coherente, que nos habla, en una oreja, con la voz utilitarista, libertaria del hombre de mercado, y en la otra, con la voz del burgués respetable y patriarcal? ¿Cómo funcionan juntos estos dos repertorios?[7]

 

Ahora a no equivocarnos si pensamos que la actual crisis económica que sufre el macrismo es el final del PPD. Una crisis desde un enfoque gramsciano no es un evento inmediato, sino que es un proceso que puede durar por un largo periodo de tiempo, y puede tener diferentes resoluciones: a través de restauraciones, reconstrucciones o transformaciones pasivas. A veces estables. A veces mucho más inestable.

En este sentido tenemos que admitir que la economía, la sociedad y la cultura argentina han estado en una profunda crisis social. ¿Desde cuándo?  Los ´70, los ´90, desde 2001, ¿desde siempre? Es realmente difícil de responder desde cuando estamos en crisis estructural.

Gramsci nos advierte que crisis orgánicas de este tipo surgen, no sólo en el dominio político y en las áreas tradicionales de la vida económica e industrial, no simplemente en la lucha de clases, en el viejo sentido, sino en una amplia serie de polémicas y debates acerca de preguntas sexuales, morales e intelectuales fundamentales, en la crisis de las representaciones políticas y de los partidos – en una larga serie de asuntos que no parecen, a primera vista, estar en absoluto, y en el sentido escueto, articulados con la política. Esto es lo que Gramsci llama la crisis de la autoridad, la cual no es más que “la crisis de la hegemonía o la crisis general del Estado”.

El PPD montado en la crisis estructural de la Argentina viene realizando acciones estratégicas que determinen la consolidación de su hegemonía.

Hoy la Argentina es un campo de batalla en disputa, con una derecha que viene ganando varias batallas, pero queda claro que aún no gano la guerra.

El Programa Político de la Derecha (PPD) es un proyecto amplio y vasto con lo que el debate recién se abre con estas preguntas sobre lo que es, a quien representa y hacia donde se dirige.

 

¿Qué puede hacer la izquierda argentina ante este panorama?

El punto de partida lo podemos buscar en la insistencia gramsciana de qué en las sociedades modernas, la hegemonía ha de ser construida, luchada y ganada en muchos frentes diferentes. Más complejas se convierten las estructuras del estado y de la sociedad moderna, más proliferan los puntos de antagonismo social.  La consecuencia de esto es que la política, la autoridad y el poder pasan a ser conceptos profundamente expandidos.

Gramsci entendió que la política es un campo ampliado; especialmente en sociedades como la nuestra, los sitios en los cuales se constituye el poder son enormemente variados.

La realidad argentina nos muestra una complejidad de una dimensión difícil de abarcar, desafío clave que hay que encarar ante la proliferación de los sitios del poder y el antagonismo en la sociedad moderna.

La transición a esta nueva fase es decisiva para Gramsci. Pone directamente en la agenda política las preguntas acerca del liderazgo político y moral, el papel educativo y formador del Estado, las “trincheras y fortificaciones” de la sociedad, el asunto crucial del consentimiento de las masas y la creación de un nuevo tipo o nivel de “civilización”, de una nueva cultura. Traza la línea decisiva entre la fórmula de la “revolución permanente” y la fórmula de la “hegemonía civil”. Es el filo entre la “guerra de movimiento” y la “guerra de posiciones”: el punto en el que el mundo de Gramsci se encuentra con el nuestro.[8]

Enmarcado en este concepto de la política, tenemos que asumir que el Estado no tiene un carácter político único y unificado.

El estado capitalista es una multiplicidad de intereses articulados para asegurar en el largo plazo, las condiciones históricas para la acumulación del capital y la plusvalía, aunque es el guardián de cierta clase de civilización y cultura burguesa y patriarcal, es, y continúa siendo, un ámbito de debate.

Ahora esto abre a una pregunta clave:

¿el macrismo es simplemente la expresión de la clase dominante?

Gramsci como buen marxista siempre puso en un papel central a las cuestiones de clase, las alianzas de clases, la lucha de clases. Pero no se quedó ahí, sino que fue más allá y sostuvo que “no piensa que la política seas un ámbito que simplemente refleja identidades políticas ya unificadas, formas de lucha ya constituidas. La política no es para él una esfera dependiente. Es donde las relaciones y las fuerzas, económicas, sociales, culturales, tienen que ser accionadas para producir formas particulares de poder, formas de dominación”. 

Pensar la política desde esta óptica es sentirla fundamentalmente abierta, de que no hay una ley de la historia que pueda predecir el resultado de una lucha política. La política depende de las relaciones de fuerza que operan en cualquier momento específico. La historia no se encuentra esperando para resarcir los errores en un “triunfo inevitable”. Pierdes porque pierdes, porque has perdido.

 

Con que sujeto armamos el proyecto

Pensar un proyecto político requiere tener en claro con que sujeto vamos a contar para la consecución del mismo. El “buen sentido” de la gente existe, pero es sólo el comienzo, no el final, de la política. No garantiza nada.

Gramsci en su momento planteo algo clave en cualquier acción política: “las nuevas concepciones ocupan una posición extremadamente impopular entre las clases populares”.  Esto no es una posición discriminatoria, sino que es necesario comprender que no hay un sujeto unitario de la historia.  

El sujeto se encuentra necesariamente escindido –un ensamblaje: una mitad es de la edad de piedra, mientras que la otra contiene los “principios de la ciencia avanzada, los prejuicios de todas las etapas pasadas de la historia, y las intuiciones de filosofías futuras”. Ambas cosas luchan al interior de los corazones y las mentes de las personas, intentando encontrar una forma de articularse políticamente. Por supuesto, es posible reclutarlas en proyectos políticos bien diferentes.

Hoy el mundo se desarrolla de una manera complejizante, con una pluralización de las identidades culturales modernas, emergiendo entre las líneas de un desarrollo histórico desigual. Ante el cual debemos empezar a preguntarnos:

  • ¿Cuáles son las formas políticas a través de las cuales un nuevo orden cultural puede ser construido, a partir de esta “multiplicidad de voluntades dispersas”, “de estos propósitos heterogéneos”?
  • ¿Podremos encontrar formas de organización, formas de identidad, de lealtad, concepciones sociales, que pueden estar a la vez conectadas con la vida social y, al mismo momento, transformarla y renovarla?

No hay una ley que determine como son las personas y por ende no va existir una ley que determine la llegada del socialismo.

Para poder construir hegemonía debemos tener en cuenta que misma no es exclusivamente un fenómeno de ideología. No puede haber hegemonía sin “el núcleo decisivo de lo económico”. Pero sin caer en la simplificación de reducir la realidad a estas dos dimensiones sino sumarlas al resto de dimensiones necesarias, la naturaleza del poder en el mundo moderno es que este también se encuentra construido en relación con cuestiones políticas, morales, culturales, intelectuales, ideológicas y sexuales.

 

¿Cuál es este nuevo orden cultural?

Construir hegemonía es construir un nuevo orden cultural, y para la construcción del mismo no necesitamos reflejar la voluntad colectiva ya formada, sino más bien forjar una nueva, único camino para poder inaugurar un nuevo proyecto histórico.

En este punto es donde dimensionamos la naturaleza y la profundidad del reto a la Izquierda que el PPD nos plantea.

Hoy la izquierda, en su forma organizada de Partido Socialista u otros movimientos similares, parece no tener la menor idea de lo que implica el sacar adelante un nuevo proyecto histórico.

No entiende la naturaleza necesariamente contradictoria de los sujetos humanos, de las identidades sociales.

No entiende a la política como producción. No puede ver que es posible conectarse con los sentimientos y la experiencia ordinaria de las personas en sus vidas cotidianas, y sin embargo progresivamente articularlos hacia una forma de conciencia social más avanzada.

No ve que proliferar los centros de poder, y así atraer cada vez más áreas de antagonismo social, es parte de la naturaleza misma de la civilización capitalista moderna.

No reconoce que las identidades que las personas cargan en sus mentes -sus subjetividades, su vida cultural, su vida sexual, su vida familiar, sus identidades étnicas, su salud- han sido masivamente politizadas.[9]

El Socialismo debe asumir un liderazgo que permita dirigirse a las múltiples formas de antagonismos presentes en la sociedad capitalista para así unificarlos en sus diferencias dentro de un proyecto común.

Proyecto político que depende absolutamente de su capacidad de alimentarse de las fuerzas populares, de movimientos bien diferentes; movimientos por fuera del partido que no puede poner en juego, y que no puede por lo tanto “administrar”. Proyecto que necesita alejarse de la concepción completamente burocrática de la política

Aceptar que hay cosas que no puede controlar, desburocratizar las prácticas que estas no tienen nada que ver con la movilización de una variedad de fuerzas populares.

Sin la participación popular en la vida nacional- cultural, las personas comunes no tienen ninguna experiencia de gobierno sobre nada. Necesitamos readquirir la noción de que la política se trata de la expansión de las capacidades populares, las capacidades de las personas comunes. Y, para poder hacer esto, el socialismo debe dirigirse a las personas a quienes quiere empoderar, en palabras que les pertenezcan a ellos, gentes del siglo XXI.

El PPD no es solo Mauricio Macri, este es hoy su cabeza visible, si se cae Macri el PPD ya tiene un ejército de recambio en caso de ser necesario.

Ante esto estamos frente al desafío de la renovación de la totalidad del proyecto socialista en el contexto de la vida social y cultural moderna. Es decir que tenemos que desplazar la relación de fuerzas –no para que la utopía se realice el día después de las siguientes elecciones generales, sino para que las tendencias comiencen a correr en otra dirección.

¿Quién necesita un Cielo socialista en el cual todos estén de acuerdo con tod@s, donde todo el mundo es exactamente igual? Dios nos libre.

Hablamos más bien de un lugar en el cual podamos comenzar la disputa histórica por aquello que debe ser una nueva civilización. 

¿Es posible que las nuevas e inmensas capacidades materiales, culturales y tecnológicas, que por mucho rebasan los sueños más locos de Marx, que están ahora realmente en nuestras manos, vayan a ser políticamente hegemonizadas por la modernización reaccionaria de la derecha transformada?

¿O podremos tomar estos nuevos medios de hacer historia, de conformar nuevos sujetos humanos, y apalancarlo todo en dirección de una nueva cultura?

Esta es la elección que afronta la Izquierda.

 

[1] Gramsci permaneció preso entre 1926 y 1937. Durante su cautiverio pudo escribir una serie de escritos (entre 1929-1931) que fueron conocidos en forma póstuma como Cuadernos de la Carcel.
[2] Izquierda en Argentina: hace referencia a todo espacio político en el que se encuentra el PS e incluye al mismo FIT también, más diversos grupos relacionados.
[3] Stuar Hall
[4] Stuar Hall – Gramsci y nosotros
[5] idem
[6] Stuar Hall
[7] Idem
[8] Stuar Hall
[9] Stuar Hall
octubre 10, 2018