Pensar el futuro sin poder salir del pasado

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Por: Alejandro Morduchowicz    Fuente: https://medium.com/@Alejmordu

 

  1. 1 – Pensar lo impensable

Imagino la encrucijada actual de quienes están frente al gobierno de la educación como la de los hebreos en el desierto en la época del Faraón. Tienen la oportunidad de hacer algo diferente al pasado. No saben si se trata de una Tierra Prometida, pero ante el riesgo de seguir adelante, muchos de ellos prefieren regresar, volver a Egipto, donde al menos sabían lo que les esperaba.

 

Y con esto, mis primeras preguntas: ¿deben seguir? ¿deben permanecer donde están? ¿deben avanzar? Diría que estamos en un momento filosófico: con más preguntas que respuestas. El problema es que, como debemos pensar en términos de políticas, lo que nos toca es intentar responderlas. O, al menos, darles un cauce.

La tarea no es sencilla, para determinadas cuestiones, ni siquiera podemos pensar el futuro: lo máximo que podemos hacer es pensar cómo pensarlo.

¿Cuál es la teoría que nos permitirá actuar frente a este futuro? ¿Sobre qué basarnos si el pasado no nos sirve? Al menos, como quisiéramos que nos sirva. Apenas sabíamos cómo lidiar con el presente y nos tuvimos que abocar, de golpe, a imaginar lo que vendrá.

La crisis no encontró a la educación regional en su mejor momento. Por eso, la tarea de recuperación será doble. Si, como creo, debemos distinguir las respuestas que se han dado de las políticas que aún no se han pensado, lo que se viene es más complicado de lo que parece: tendremos que comenzar a debatir tanto la situación pre como pospandemia.

Aunque el futuro es un rango muy amplio e impreciso, en tren de construir escenarios, me parece que al menos debemos distinguir el corto del mediano y largo plazo.

 

  1. 2 – El corto plazo: el gobierno de la educación

Image for postDesde hace varias décadas el gobierno de la educación se abocó a diseñar e implementar acciones focalizadas, puntuales, que cubrían aspectos o áreas determinadas. La pandemia nos devuelve a la ubicuidad de la política educativa: los problemas están en todos lados.

Ante la suspensión de las clases presenciales, la mejor opción debería ser probar otras fórmulas. No creo que lo estemos haciendo. Nuestra forma de pensar el futuro sigue estando permeada por nuestra forma de ver el pasado. Y sobre ese pasado han estado actuando los gobiernos, ofreciendo más recursos (digitales, audiovisuales, cuadernillos, infraestructura) y más regulaciones (sobre todo, protocolos para la vuelta a la escuela). En fin, variantes sobre un mismo tema. Como decía Keynes, el reto no es encarar lo nuevo, sino abandonar lo viejo.

Por eso, no creo -no veo- que se vaya más allá de acciones coyunturales. Solo hay deseo y necesidad de volver al viejo mundo conocido. Sin desmerecer lo hecho hasta ahora, la atención se centró en: a) dar respuestas puntuales a cuestiones específicas de modo fragmentado, y b) trabajar al interior de los sistemas educativos.

Se salió del paso como se pudo. Hubo quienes criticaron la improvisación. Para mí no fue ese el problema: todos habríamos improvisado; la pandemia fue algo totalmente inesperado. Lo inquietante fue la (falta de) preparación de nuestros sistemas para la improvisación. Ese sigue siendo uno de nuestros grandes déficits institucionales.

Cada tema sobre el que se actúa (o no), genera una reacción en cadena. Podría tomar aspectos tan aparentemente diferentes como la educación a distancia, la edad de los docentes, el cierre de escuelas privadas, el estado de la infraestructura escolar o el abandono. Cualesquiera que elijan, dispara una gran variedad de subescenarios. No alcanzará con resolver cada problema con una acción específica.

El desafío, a partir de ahora, debería ser: a) pensar en términos de políticas, b) abordar el sistema educativo de un modo integral, y c) prestar atención a las condiciones exógenas, las que están más allá de la escuela. Pensar solo “la escuela” sin todo lo que la rodea y la condiciona, es atribuirle unos superpoderes que no tiene.

En la avidez por saber cómo y dónde estamos parados, los gobiernos, las organizaciones de la sociedad civil, los organismos internacionales y los gremios docentes comenzaron a recabar información. Ahora sabemos no solo que estamos mal, sino cuánto de mal. ¿Qué sigue? ¿Qué hacemos con esos datos? ¿Lamentarnos? ¿Difundirlos? ¿Emplearlos para diseñar políticas? ¿Qué harán los gobiernos?

Creo imaginarlo. Preguntémosle a cualquier alto funcionario educativo de nuestros países, en dos o tres años, cuando todo esto haya pasado (¡esperemos!), cuál consideran que habrá sido el logro más importante de su gestión. Me animo a afirmar que, en su mayoría, responderán algo así como “haber podido reabrir las escuelas y lograr, sin traumas, el regreso a la situación anterior a la pandemia”. No los juzgo; yo contestaría algo similar. Pero convengamos que es sabor a poco.

 

  1. 3 – El cambio educativo

Image for post Volver a la escuela no es menor. Por eso, las apelaciones al cambio se me hacen, sino exageradas, al menos ingenuas. Propongo una prueba sencilla para ver cuánto cambiará en el corto plazo la educación pospandemia: pensemos algunas cosas que sí o sí tienen que ocurrir para poder afirmar que vamos hacia algo distinto. Es decir, hitos que, si no están presentes, significará que todo seguirá igual.

Por mi parte, por ejemplo, me pregunto si hay señales que indiquen que: aumentará el financiamiento y lo que se deriva del mismo -mayores salarios, mejores condiciones materiales para el aprendizaje- y si cambiarán algunas regulaciones, sobre todo las que tienen que ver con la asignación de recursos y el fortalecimiento escolar. Si las respuestas son negativas, no voy a esperar ningún gran cambio.

Por ahora no me preocupa si no hay consenso en nuestras respuestas; al menos en lo que a este ejercicio se refiere. Es más, cada uno puede pensar sus propios hitos. Probablemente, como los míos, estarán sesgados por nuestras preocupaciones personales y profesionales. De paso, eso echará luz sobre el modo en que cada uno de nosotros concibe o imagina el cambio. Habrá quienes se inclinen por el currículo, otros por las tecnologías y la conectividad, otros por la organización escolar… Es que los déficits que heredamos de la prepandemia son muchos.

Ni siquiera sugiero transformaciones disruptivas (lo disruptivo fue la suspensión de las clases presenciales) sino acciones de políticas acordes al desafío que viene.

A veces creo que quienes sostienen que “la escuela debe cambiar” (pregunto: ¿cómo? ¿con qué? ¿para qué? ¿hacia dónde?) no perciben o no conocen el funcionamiento de los sistemas altamente regulados que lo impedirían. Además, ¿a quién le hablan? ¿a los directivos y docentes escolares? ¿a las autoridades? ¿a las familias? ¿a sus pares?

¿De dónde sale la ilusión de creer que habrá un cambio? ¿Cómo se genera? En todo caso, ¿por qué se debería producir? Y, de tener lugar, ¿será espontáneo? ¿Cuál es la secuencia lógica de los hechos que llevarán a la escuela hacia ese cambio? Como decía, en lo inmediato, solo veo deseos y necesidad de volver a lo anterior. Incluso creo que las familias quieren lo mismo.

Si revisamos las primeras charlas, noticias y posteos en redes sociales, veremos la distancia que hay entre lo que se preanunciaba en marzo -lo bueno y lo malo- y el lugar en el que nos encontramos hoy. Entonces, ¿cómo aventurar lo que vendrá? ¿cómo se animan los futurólogos? Algunos predecían el fin de la escuela tal como la conocimos. Nada de eso parece estar sucediendo, al contrario.

Con su interés en ir hacia la situación anterior a la pandemia, me parece que hay más realismo en muchas de nuestras autoridades que en quienes proclaman el advenimiento del cambio. El problema es que ese realismo -el de no innovar- linda con la resignación.

 

  1. 4 – El mediano y largo plazo: cambios endógenos y exógenos

Image for post El panorama que tracé depende de la duración de la pandemia y de la concreción, más tarde o más temprano, del regreso presencial a clases: cuanto más pronto, menos cambios. Eso no quiere decir que no se estén cocinando a fuego lento otros escenarios. Me centraré en dos de ellos por un atractivo especial; se diferencian en su origen: i) la autonomía escolar, que sería un cambio desde el interior de los sistemas educativos y, ii) la influencia de la tecnología educativa, que sería un cambio generado desde fuera de ellos. La elección de estos dos escenarios de los varios que es posible trazar no tiene que ver con la estética -si me gustan o no-, sino con su interés analítico.

Esto no excluye otras situaciones como las consecuencias desencadenadas por la acción u omisión respecto del cierre de escuelas privadas, la intensidad de ese cierre, y el estado de la infraestructura escolar, entre otros.

4.1. Los cambios desde adentro: la autonomía escolar

En el pasado, la autonomía escolar fue parte de una disputa ideológica. Estaban los que la veían como un medio para promover la mayor participación popular o como una forma de introducir mecanismos de mercado en la educación. Ahora, no es ni lo uno ni lo otro. Tal como están las cosas, la fuerza de las circunstancias hace que solo se esté configurando una “autonomía boba” o “perversa” en que las escuelas serán responsables de todo, pero tendrán recursos para nada.

Hay cierta disociación en recurrir a brindar libertad de acción sobre cómo actuar en cada caso frente a determinadas situaciones, pero con las regulaciones del pasado. Esto, más que revelar la debilidad de nuestros colegios, muestra la debilidad de la gestión de nuestros sistemas.

Se le pide o demanda a la escuela más de lo que puede dar. Como se sabe, es una organización que, para alcanzar su máxima eficacia, presupone unas condiciones dadas sin las cuales se verá limitada. Con el incremento de la pobreza, esas condiciones serán peores, no mejores.

También se reclama a las escuelas que deberán comenzar a aprender a gestionar la incertidumbre (sea lo que fuere que signifique esto). Dentro de los límites impuestos por el encierro y el trabajo remoto, los docentes, enfrentaron todo solos, como pudieron. Por el contrario, quienes tienen que aprender a trabajar en un contexto sin certezas no son (solo) ellos; también estamos los observadores y, naturalmente, los responsables de administrar los sistemas educativos.

Mi gran duda es cómo se comportarán directivos y docentes. ¿Tendrán la suficiente conciencia “de clase” para exigir espacios de autonomía? ¿Se habrán dado cuenta de que las administraciones educativas estuvieron presentes, pero a la vez ausentes? ¿Qué les podrían pedir?

Más inquietante es la contraparte, el Estado: ¿qué les puede dar? Como si fuera poco, no cuenta con uno de los instrumentos más poderosos para acompañar la mayor autonomía: los recursos. Hoy, cuando más demandamos del Estado, menos en condiciones de responder(nos) está. Contra lo que creen algunos, las críticas no son por su exceso sino por su defecto.

4.2. Los cambios desde afuera: la tecnología educativa

Uno de los actores más dinámicos durante estos meses es el conjunto variopinto de las empresas de tecnología educativa. Se encuentran entre los sectores más beneficiados con la pandemia. Sobre todo, porque la educación remota universal les brindó por un lapso prolongado un laboratorio único para preparar y mejorar sus productos. Incluso las formas híbridas -la alternancia virtual/presencial- les permitirá probar con una variación del anterior y desgastante modo de trabajo completamente remoto.

Rechazadas antes, miradas con recelo ahora, festejadas por algunos siempre, su progresivo acercamiento a gobiernos, regalando licencias incluso, hará que se destinen más recursos a dispositivos, conectividad… y a los propios programas educativos.

La perplejidad y la necesidad de dar respuestas han hecho que los gobiernos se vayan apoyando progresivamente en ellas. Ante el vacío de propuestas, las tecnologías (desde la radio, pasando por la televisión hasta llegar al teléfono con el WhatsApp y las plataformas más sofisticadas) se presentaron como la única vía para generar la llamada “continuidad pedagógica”.

Hoy aparecen empresas que meses atrás no sabíamos siquiera que existían. Seguirán apareciendo. Imposible aventurar cómo continuará su desarrollo. La medida en que las empresas capitalicen lo aprendido en estos meses les permitirá o no sortear algunas de sus limitaciones. En segundo lugar, lo que ocurrirá depende de la duración de la pandemia (y, por ello, de este gran laboratorio del que disponen) y la forma en que se dé el regreso a clases.

Oponerse a las tecnologías no es una solución, pero aceptarlas sin más, tampoco. Como todo lo que involucra a las relaciones Estado-Sector Privado, lo que debe llamar nuestra atención no es lo que haga este último. En lo personal, como diría Umberto Eco, ni apocalíptico ni integrado. Bienvenido sea el desarrollo de las fuerzas productivas. Lo que importa es cómo actúen los gobiernos y las políticas que implementen frente a estas propuestas tecnológicas.

Es sintomático que las regulaciones educativas que sí cambiaron en algunos países son las que involucran la posibilidad de inserción de estas empresas en el sector. La educación a distancia estaba prohibida hasta hace unas semanas para algunos niveles educativos. Claro que, si no se liberaba de esa restricción, la desigualdad sería mayor. Pues había escuelas y sectores que ya lo estaban haciendo o lo habrían hecho. Eso no significa que se deba agradecer su existencia. No andamos por la vida ponderando, por ejemplo, a las farmacéuticas por la producción de analgésicos frente a un dolor.

 

  1. 5 – Comentarios finales

Image for post¿Por qué va a cambiar algo cuyos resultados están tan lejos e inciertos como son los de la educación? El carácter diferido de sus beneficios es tan grande que ni siquiera está en un segundo plano en las preocupaciones de nadie. Quienes tienen los medios, se creen exentos de esta cuestión y suponen que la salida es individual. Pero olvidan que una sociedad tan segregada es inviable. De todos modos, no nos engañemos: por ahora no podremos esperar una inversión en educación mayor a la que el sistema productivo requiere. ¿Por qué habría de haberla?

Aprendimos que el igual tratamiento a desiguales solo puede generar más desigualdad. Si hoy lográsemos mayor financiamiento y solo proveyésemos con recursos digitales y conectividad a todas las escuelas por igual, estaremos dando lo mismo a todos, pero más modernos, con más tecnología. Necesitamos mucho más para los que más necesitan si queremos nivelar el campo de juego.

Preocupados por la salud, la economía y la seguridad, no terminamos de tomar conciencia de la gravedad y urgencia de no considerar la educación como un problema social. Por eso no está incluida en la agenda pública. No será un problema inmediato, pero no por eso deja de ser urgente. Más temprano que tarde pagaremos esta forma de no ver a la educación.

Cada paso o cada omisión de nuestros sistemas educativos en la región (me) interpelan, una vez más, por la vieja inquietud sobre cuál es el rol del Estado en Educación. De su definición dependen las políticas que se implementarán.

En otras palabras, a partir de esa pregunta y su respuesta, sabremos si volveremos a Egipto, si avanzaremos o si nos quedaremos atrapados aquí, en este presente. Cada vez tenemos menos certezas, pero una de ellas es que el lugar en el que estamos hoy no es el que deseamos. Al menos, yo.

septiembre 3, 2020