RAP DEL EXILIO

 Por: Martín Rodríguez  – @TintaLimon  – Fuente: Tercer Cordón

Los rappitenderos entraron al paisaje urbano tanto como al radar de la crónica y del ensayo periodístico. El fosforescente naranja de sus camperas y mochilas regó las bicisendas y calles, y ahora tienen quien les escriba. Lo que sigue es un repaso sobre el trabajo, esta nueva “revolución” acelerada, y sobre cómo lo pensaron las notas que salieron al respecto, intercalado por la voz de Miguel: un trabajador de Rappi, de origen venezolano, con quien conversamos.

Yo trabajo con Rappi, soy delivery. Realmente tengo entendido que Rappi se entiende con los deliveries, y más que todo como que son trabajadores independientes, o sea ellos no ponen las manos por nosotros en cuanto a nada básicamente, se desconectan completamente de nosotros, y sí somos prácticamente free lancers… de delivery, es muy raro… je.

(Miguel, trabajador de Rappi)

El ensayista Alejandro Galliano escribió para la revista de Nueva Sociedad un texto llamado “¿Y si aceleramos América Latina?”. Allí no sólo detalla esta nueva “teoría” (la del aceleracionismo) sino que desnuda por qué el impacto de la llamada “Cuarta Revolución Industrial” demora más en nuestro continente. Tomamos estos tres datos usando como fuente números del Banco Mundial:

  • En América Latina el 60% del trabajo se considera reemplazable por tecnología (Argentina y Uruguay encabezan esa lista). El Banco Mundial lo llama trabajo redundante.
  • Los varones de 15 a 30 años con educación primaria o secundaria incompleta son el segmento más amenazado por esta virtual sustitución tecnológica.
  • La industria 4.0 crea nuevos puestos de trabajo mediante el uso de plataformas electrónicas en formas de “capitalismo colaborativo”. Las empresas aparecen como “aplicaciones”. Los trabajadores aparecen como “colaboradores”.

El lento impacto de la sustitución de tecnología por trabajo humano en Argentina tal vez se deba, apunta también Galliano, a las características ideológicas de una parte de su dirigencia política y sindical: una impugnación por izquierda. Se podría argumentar vulgarmente que en Argentina tenemos un doble estándar: nos gusta consumir tecnología pero la “cultura del trabajo” nos hace resistir que la tecnología sustituya a los trabajadores en la producción. Es decir: los sindicatos devenidos “proteccionistas” de la existencia de la tarea laboral misma.

Parte de ese paquete llamado “70 años de estancamiento” que conforma el último eje discursivo del gobierno, tal vez también apunta negativamente hacia una valoración social del trabajo en un país donde los empresarios despotrican contra el costo laboral o el costo argentino, donde se acusa a los trabajadores y gremios de haraganes y ventajistas (“tienen demasiados derechos”).

La herencia teológica “del General” fue que “gobernar es dar trabajo” y que “hay una sola clase de hombres, los que trabajan”, y eso perforó y entró en la psiquis colectiva de generación en generación sólo que para unos el trabajo es dignidad y para otros (patrones) es la ley del menor esfuerzo.

Pero en estos 70 años, fue en los trabajadores, los sindicatos y el “mundo popular” donde más echó raíz el anhelo de una “Argentina industrial”. La familia metalúrgica, la familia camionera. Los empresarios, con excepciones, pueden ser “diversos” para sus inversiones.

Digamos, contra el razonamiento de “los 70 años” y su fábula anti peronista, que el caso testigo de las paritarias gremiales es la paritaria docente bonaerense. Donde Macri y Vidal enfrentan en la figura de Baradel a una base de docentes asalariados cuyo origen social está en las capas medias, y cuyo voto reciente podríamos intuir en gran medida amarillo. Queda viejo pero lograríamos adjudicar a muchos docentes argentinos la frase “nunca hice política, siempre fui radical”.

Síntesis: en Argentina todo el mundo quiere trabajar pero se fomentan discursos que enfrentan a los mismos trabajadores. Un ejemplo es de retórica política: no se alcanzó el consenso de nombrar la AUH como un derecho. Se dice “plan”. Perdura la muletilla contra los “planes Trabajar” en el imaginario desactualizado de parte de la clase política, aunque se comprobó que la AUH no desincentiva la búsqueda laboral ni fomenta que las parejas tengan más hijos “para cobrar el plan” (el promedio es de dos hijos).

El problema es el presupuesto de esta marca: hacer creíble a una parte de la población laboriosa que otra parte de la población cree que trabajar no es trabajar sino cobrar y “hacer que”. La ficción meritocrática prescindente del Estado y los sindicatos, “no deberle nada a nadie”un vocabulario extendido, popular. Fomentar la guerra entre “trabajadores” y “planeros”.

Es un poco lo que representa Baby Etchecopar, pero no sólo eso… dónde los representa, cuál es la base de Baby. Los talleres o comercios de Villa Tesei escuchan a Baby, las capas populares escuchan a Baby, los taxistas (cuya rentabilidad depende lógicamente del orden público) escuchan a Baby.
Baby ejerce un gorilismo popular que es parte incluso del vocabulario de muchos trabajadores que votan distinto a él. Baby está donde el barro se subleva. Y apunta a una división básica que estructura la comunicación del gobierno:   la existencia virtual de minorías “sobrerrepresentadas” en la polis contra mayorías silenciosas (silenciadas) por temor a la “incorrección”.

Una Argentina con representaciones gremiales, sociales, sexuales, un ejército de empleados públicos, investigadores, científicos, docentes o beneficiarios de AUH, todos según esta visión son parte de un sistema de prejuicios básico: cuánto más cerca del Estado estás, más vago sos. El derecho como subsidio y el trabajo como sacrificio más que como dignidad. En esa charca de realidades y debates ahora flota la caja naranja de los rappitenderos.

Asia fue el continente de las innovaciones tecnológicas y formas de trabajo “posfordista”, mientras que América Latina, como dice Galliano, “se recostó sobre su histórica ventaja comparativa: los recursos naturales”. Más de Galliano: “Pero si se trata de incorporarse a la industria 4.0, América Latina no puede seguir confiando en su reserva de trabajadores baratos y recursos naturales. En materia de investigación, desarrollo y formación de recursos humanos, la región tiene problemas estructurales: menos de 1 de cada 10 hogares pobres latinoamericanos tiene conexión a internet, según datos del Banco Mundial. El freelancismo está subdesarrollado en la región y la mayor parte de su emprendedorismo es de subsistencia”.

Las cosas igual avanzan. La instalación de empresas de diversos servicios que funcionan como aplicaciones (Uber, Rappi, Glovo o Airbnb) son parte del panorama. Rappi, llamada “el Uber de las cosas”, es una empresa de origen colombiano y es la última en llegar al país. Con bombos y platillos algunos medios anunciaron para este año una inversión calculada en más de 5 millones de dólares. Instalada su oficina en el barrio de Villa Crespo, la propuesta de trabajo ya tuvo en el mes de julio su primera huelga o acción de resistencia por parte de sus trabajadores (“colaboradores”), incluso con el protagonismo inesperado de un nuevo “líder venezolano”. Lo mismo ocurrió en la empresa Pedidos Ya (de origen español), que encontró la solidaridad de la Asociación Sindical de Motociclistas, Mensajeros y Servicios (ASiMM). “Los empresarios procuran ubicar el negocio por encima de los derechos de los trabajadores, lo que no será permitido. Los empleados de reparto domiciliario no están solos en esta lucha”, sostuvo Marcelo Pariente, que encabeza el sindicato. Se dio en la crisis de 2001 la proliferación de trabajadores en moto para servicios de cadetería, los cuales también pasaron por un proceso de sindicalización, recordemos el nacimiento del sindicato SIMECA. El olfato sindical no es menos lento que la cuarta revolución industrial.

La periodista Florencia Migliorisi se puso el traje de rappitendera y escribió una buena crónica para la revista Ponele. Leemos: “Entrego la parrillada. Me queda en la caja el olor ahumado de un domingo con sol mezclado con toda la comida de los días pasados. Empiezo a andar por pleno Almagro. Pedaleo despacio y me debato entre volver a Plaza Serrano y esperar otros pedidos o seguir en la zona. Hago cinco cuadras y, por suerte, me llega un pedido de Pizza Jack, un local a dos cuadras de donde estoy. De ahí me mandan a entregarlo a Pueyrredón y Santa Fe. Unos 4,2 km de distancia. No son ni las 21:30, hice 150 mangos y ya pedaleé 20 km.”

El cálculo físico que hace luego de un día de trabajo es que “un rappitendero promedio pedalea unos 50 km”. Lo que remata: “gran proyecto brutal de auto-sobre-explotación: podés vivir de esto, pero no por mucho tiempo”. Rappi articula un triángulo en el que “le saca una comisión al comercio socio, al rappitendero y al cliente que usa la app”. Ampliando las facilidades de un delivery (porque puedo pedir cualquier cosa).

Vengo de Venezuela, del estado de Nueva Esparta de la isla de Margarita. Tengo 19 años, ahorita estoy en el CBC de la UBA para Ingeniería Informática o Ciencias Computacionales, todavía no me he decidido. Me encanta la programación, estudié en Margarita, en la Universidad de Oriente, Informática, pero por toda la situación de mi país me tuve que venir acá. (Miguel)

Otro artículo de la socióloga Sofía Negri en revista Panamá (“La resistencia de la sociedad salarial”) explica el tipo de relación “poslaboral” que establece Rappi con sus rappitenderos. “Para Rappi, consumidor y proveedor son usuarios de su plataforma. El proveedor no es un trabajador, es un colaborador que participa de forma libre e independiente. ‘Microempresarios’, los llamó el GM de la empresa”. Ofrecido como un monotributista más, simplemente el “colaborador” presenta la factura y cobra en relación a lo acumulado por quincena. Su relación con la empresa empieza en las oficinas con la capacitación para aprender a usar la app, se les entrega gratis la ropa de trabajo y se les vende la caja-mochila a 300 pesos. Retomo la línea de Negri: “Lo que ofrecen es un modelo alejado de las explotaciones tradicionales del sistema capitalista salarial. No más horarios de oficina, no más salarios fijos con un tope inamovible. Trabajás cuando querés, desde dónde querés y hacés la plata que decidís. Libertad. La voluntad individual llevada a su máxima expresión: todo (tu éxito, pero también tu fracaso) depende de vos. ‘Sé tu propio jefe’. Las expectativas que venden son las que demanda el mercado: las nuevas generaciones reclaman mayor flexibilidad en términos de horarios, trabajo por proyectos, home office. La libertad solicitada por el trabajador se convierte en la oportunidad perfecta para las empresas de desligarse de las obligaciones como empleador”.

Llevo en Buenos Aires como dos meses y medio más o menos, bueno realmente llegué el 13, y apenas pude resolver los papeles, me metí con Rappi, porque por lo menos me rinde para trabajar y estudiar, que es lo que estoy haciendo ahorita en el CBC. Entonces trabajo de 12 a 3 y de 7 a 10, o de 8 a 11, ahí me decido porque, como te dije, ya somos trabajadores independientes, nosotros podemos decidir a la hora que queremos trabajar. (Miguel)

En la conversación con otro rappitendero, un joven argentino de 25 años, pinta un uso de la aplicación como parte de un laburo que se hace en los “tiempos muertos” de otros. Un recurso, una changa. Aunque la misma empresa “premie y castigue” los distintos rendimientos. Federico vive en San Martín y trabaja en una rotisería al mediodía y a la noche en una pizzería como delivery, durante la larga tarde “se conecta” y hace viajes en moto con la caja naranja. También de este tipo de estrategias de trabajadores que integran Rappi a otros trabajos se sirven las empresas “colaborativas”, a las que Natalia Zuazo definió mejor: “compañías tradicionales que utilizan internet para intermediar y extraer las ganancias de muchos individuos conectados”.

Este tipo de trabajo flexibilizado, sin horario ni cobertura social, con la figura del “jefe” diluida, no es una novedad ni una exclusividad de estos jóvenes rappitenderos. Diseñadores, editores, periodistas, docentes, operadores de radio, músicos, aceptan (aceptamos) condiciones formalmente parecidas. Incluso muchos de los que ponemos el ojo o destacamos este “fenómeno” lo hacemos “así”: nos subordinamos a condiciones de trabajo que se saben flexibilizadas de hecho (soy “colaborador”). En lo personal, comenté esto mismo en una columna en el canal Crónica donde presento factura todos los meses, donde no firmé ningún contrato, etc. La imagen extrema del rappitendero venezolano en bicicleta rompiéndose el lomo es casi un espejo del futuro que llegó hace rato. La “novedad” es la industria 4.0: una aplicación que construye un trabajo donde no existía, el riesgo físico permanente de la tarea y el rendimiento necesario para que el ingreso sea “razonable”. Pero apunto al rappitendero (“uy, qué explotado que estás”) aceptando que la figura de “colaborador” es justamente las que usamos cotidianamente en muchos de nuestros laburos.

¿Quién es la mano de obra rappitendera?

La inmigración venezolana en Argentina, que está más afuera del radar de la crónica o del ensayo. Venezuela se presenta como un régimen donde supuran los restos de lo que supo ser “la Revolución Bolivariana” y un punto ciego en las contradicciones del último boom latinoamericano (el de los gobiernos populistas). La inmigración (contraria a los de otros países también “hermanos”) es promovida por el gobierno argentino.

Según la Dirección de Migraciones, los venezolanos en 2018 vienen siendo el 25% del total de inmigrantes. Más que los inmigrantes bolivianos y paraguayos. Hasta la mitad de este año, el total de las residencias otorgadas a venezolanos es de 70 mil. El gobierno se expresó contrario a la incorporación de Venezuela al Mercosur, pero mantuvo las facilidades de radicación vigentes que tienen los ciudadanos de los países del Mercosur en Argentina. Más del 80% de esos inmigrantes venezolanos llegan y se concentran en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores. Es común su incorporación en restaurantes, bares y casas de comida, pero engrosan en gran medida también la flota de empresas como Rappi.

Uno de los promotores de la primera huelga de trabajadores de la empresa Rappi (el 15 de julio pasado), Roger Rojas, lo dijo con todas las letras en una entrevista radial: “Se puede decir que en estas aplicaciones más del 50% o 60% son inmigrantes, quienes tienen el doble de necesidades porque no tienen a nadie en el país que los respalde. Somos personas que, si nos sucede algo, estamos solos. Y nos conlleva a muchos a optar por el miedo y nunca alzar la voz”.

La cuestión del sueldo de Rappi, como yo te dije, no es un sueldo, es por delivery, entonces calcularlo es muy difícil porque depende de muchas variantes ya sea la hora en que salga, ya sea cuántos deliveries se estén haciendo, si es fin de semana, si llueve también me pagan más, depende también del delivery en sí, a dónde me lleve, dónde termine, cuántos kilómetros son, entonces es muy difícil, pero aproximadamente, si un aproximado, una estimación… 4000 por quincena, trabajando 6 horas al día. Como ya te dije, normalmente me agarro un día a la semana de descanso, entre semana, porque los fines de semana son muy buenos para los deliveries. Son como 36 horas de trabajo a la semana y el descanso entre semana. No sé cuánto tiempo podré hacer esto, pero lo necesito. (Miguel)

Los venezolanos sobreexplotados pedalean por la cinta asfáltica de la cuarta revolución industrial. Conviven con manteros senegaleses o cartoneros, representados potencialmente en la CTEP, otras caras de la misma economía real. Unos, promovidos por arriba, otros, defendidos por abajo, todos frente a la misma crisis del trabajo: este inventarse a sí mismo una tarea. En línea con la discusión histórica sobre precariedad, los cartoneros en la crisis de 2001 irrumpieron frente a las resistencias sobre encontrar “valor” en la basura, y resultaron la mano de obra básica de una industria de reciclado millonaria con un plus pro ambiental que les permitió el primer “socorro” legal (una ley porteña de 2002 los “amparaba” porque ellos “protegían” el medio ambiente, la ley 992). El Estado los llamó “recuperadores urbanos”. ¿Cómo podría nombrar este gobierno a los rappitenderos? ¿Cómo se vinculará el Estado con los rappitenderos? ¿Qué dice el boom de los rappitenderos de la política de un Estado? Cada gobierno también se espeja en la mano de obra que promueve. El sujeto laboral de un tiempo. El sujeto laboral emergente de un gobierno. El rappitendero que nos cruzamos cuando volvemos de trabajar es la figura extrema de lo mismo de siempre. Vuelve sobre lo mismo que se discute cuando hay un paro general: la sindicalización está para hacer de lo que podría parecer un drama individual un asunto colectivo. Nuestras condiciones laborales, hoy y siempre.

octubre 4, 2018